Anónimo
Niusléter #315
1
La figura del autor sirve para organizar los textos, para controlar cómo se interpretan esos textos, para marcar al responsable de alguna herejía o posición política, y por fin, para dar coherencia a la obra de un individuo. Hoy, claramente, el nombre del autor funciona como marca comercial. Tan es así que incluso se utiliza en libros escritos y editados cuando el autor ya había muerto. La marca persiste.
Hará unos 45 años, mi abuelo me regaló una edición de los cuentos y novelas completos de Sherlock Holmes que había sido editada y anotada por una sociedad que se aplicaba a la ficción de que el detective no era un personaje novelístico sino que había existido de verdad. Así, claro, los editores buscaban coherencia donde a lo mejor Conan Doyle se había tomado alguna licencia. A veces se enroscaban tanto que los textos suplementarios se volvían barrocos. Era muy divertido, un juego literario que dio mucho de sí.
Con el autor pasa algo parecido. Uno dice algo a los 35 años y otra cosa distinta a los 65, y los exégetas se vuelven locos para compaginar las dos afirmaciones, más otras que haya habido por el medio, para que la obra completa encaje con la unidad que la figura del autor parece darle.
2
Yo no soy el “autor” de la Biblioteca Popular Ambulante (BiPA). Siempre he dicho que soy su director interino adjunto, que parece una broma (y lo es), pero también es un doble desplazamiento: en el tiempo impone un límite, y en el espacio el “adjunto” declara que mi tarea es hacerme a un lado, no ocupar una posición central, centralizante, ni que dé coherencia a todo el proyecto. Esa coherencia viene del interior del proyecto en sí. Está en su formato, su diseño, en decisiones que se tomaron al principio y han regulado la producción desde entonces. Las tapas siempre son iguales, con el título del libro y el logo de la BiPA en negro y rojo; los materiales siempre son los mismos, el mismo tipo de papel (hay dos tipos) para el contenido, el mismo tipo de envoltorio para las tapas.
Los libros no se firman, en ningún lugar aparece mi nombre. Ustedes pueden hacer sus propios libros de la BiPA, sólo se tienen que conformar al formato y las reglas ya establecidas. Si deciden hacer algo igual pero diferente, entonces ya no se trata de libros de la BiPA sino de otra cosa, y me pongo en contra. Por un lado, porque se trata de una imitación, y eso no tiene gracia; por otro, porque tendrán que firmarlos o establecer otra marca. Si es lo último, pues hasta la operación del anonimato están copiando.
3
Siempre me ha hecho mucha gracia caminar por la calle y toparme, por ejemplo, con la boutique de Pepita Rodríguez, que no es nadie pero le pareció que tenía que poner su nombre, convertirlo en marca comercial. Ese ego me fascina y me mueve a la risa. Pero no sólo me río del fracaso o de la aspiración a la grandeza de Pepita, también me río de Christian Dior y de Louis Vuitton y de Ralph Lauren, que empiezan como artesanos y llegan a grandes marcas. Pero no son otra cosa que artesanos. Me gusta más lo que hacen en los restaurantes, que llevan un nombre cualquiera, y no el del cocinero. Se reconoce así, de manera implícita, que el cocinero puede cambiar y el restaurante continuará. La coherencia está puesta en otro lado, a la vez que se reconoce la mortalidad del humano, la del proyecto, la de las relaciones que hicieron posible el proyecto.
(El restaurante 7 Puertas de Barcelona tiene casi 200 años de antigüedad. Es conocido por su cocina tradicional catalana. Con la familia, cuando yo vivía en España, siempre quedábamos ahí. Cuando yo tenía 7 años, me llevaron al zoo a ver a Copito de Nieve, el gorila albino. Después, mi abuelo le preguntó a mi madre qué quería comer, ella dijo que pescado, y mi abuelo nos llevó al 7 Puertas. Ese día llovía. Treinta años más tarde, le comenté al maître que me acordaba de qué mesa habíamos ocupado aquella vez, y llamó a los camareros y trasladaron los platos y copas y todo a esa mesa. Cuento esto como ejemplo de una marca y una idea que persiste más allá de sus autores. Por lo que me cuentan ya no se puede ir al 7 Puertas, ahora invadido, gracias a las redes sociales, por turistas.)
4
El nombre del autor, es claramente una función del capitalismo cultural. La imprenta fue el invento que trasladó la producción de libros de la artesanía a la industria. El capital principal era la prensa, luego los cajones con los tipos, luego el personal especializado que sabía utilizarlos. Era claramente un emprendimiento comercial. Los imprenteros siempre estaban a la busca de títulos y autores que se vendieran, y eso cambió el panorama literario de Europa, y después del resto del mundo. Se piensa en la explosión de títulos publicados en los primeros cien años de la imprenta, pero rara vez se piensa en lo que dejó de publicarse.
La BiPA se sale de la economía de la imprenta y casi, ¡casi!, vuelve a la artesanía del manuscrito. Lo hace con una artesanía mucho más pobre, pero igual de repetitiva, con el resultado de que cada libro es distinto aunque haya dos con el mismo título. No es precisamente un movimiento anti capitalista, pero creo que sí es un movimiento descapitalizador. El capital es mínimo, y como dije antes, cualquiera lo puede repetir o continuar.
4
El movimiento descapitalizador que el anonimato ayuda a efectuar es, claro, un movimiento menor, como el de Pepita Rodríguez, pero en dirección inversa. Es un movimiento hacia la higiene socioeconómica. Limpia el ego de su conexión con el dinero. Si uno piensa que el dinero es una forma alegórica de la suciedad, o directamente del excremento, entenderá perfectamente lo que estoy diciendo.
Damien Hirst hizo un movimiento análogo hace casi 20 años con su calavera de oro incrustada con piedras preciosas. Llamó a inversores para juntar el dinero que hacía falta para producirla, y luego la vendió en subasta, sin pasar por galería donde no cualquiera puede comprar. Aludía al fetichismo del arte y al arte como forma alegórica del dinero, y por tanto de la mierda. Piero Manzoni fue más directo con su lata de mierda de artista. Claramente, todos hemos llegado tarde al arte después de esa lata.
5
El anonimato es una de las formas del exilio. Uno pierde conexión con su lugar en el mundo. Es casi una generalización del discurso que la obra propone. Nací en el exilio, crecí ahí, he vivido en él toda la vida. Nunca fui mexicano, ni estadounidense, ni español, ni catalán, igual que ahora tampoco soy argentino. No soy nada, y me gusta la idea de no ser nadie. Pasar de la poesía a la BiPA tuvo que ver con la idea de abandonar mi nombre y por lo tanto mi ego. Sigo escribiendo poemas y niusléters porque soy un cobarde, claramente.
De mis poemas, los que más me gustan son los que se construyen a base de las palabras, dichas o escritas, de otros. Esos poemas siguen la metodología de la BiPA y los puede hacer cualquiera, no hace falta que vayan firmados porque aquello de lo que surgen está ahí, en la calle, en la realidad. Sólo hace falta tomar unas pocas decisiones técnicas al principio, y el resto se hace solo. Si me propongo hacer un libro de cosas encontradas en la calle, lo primero que hago es ver qué cosas hay en la calle. La idea viene de afuera, no de ninguna inspiración mía. Esta despersonalización del poema es por un lado la del exiliado, que lo ve todo como nuevo y viejo a la vez, y por otro, es la del higienista que aspira a limpiarse el ego.
6
En Argentina, por artesanal se entiende cualquier cosa hecha a mano, aunque no implique habilidad alguna. Hay lava coches artesanales, lugares donde te lavan el coche a mano, y no con una máquina que lo haga de forma automática. La BiPA se asemeja más a este tipo de artesanía que a la del orfebre, la del talabartero o la del ceramista. Cualquiera, con las esponjas, el agua y los detergentes que tocan puede lavar un auto; no cualquiera puede hacer un anillo de oro, una silla de montar o una vasija de porcelana.
Hace años negué públicamente que los libros de la BiPA fueran artesanales, pero lo decía en el sentido de la habilidad. Si lo digo en el sentido del lava coches, entonces sí, son artesanales. Esto es importante porque no admite firma. Como dije antes, cualquiera puede hacer un libro de la BiPA si sigue las reglas, muy simples, de su producción. El lava coches no te lava el coche con lodo, los materiales y las herramientas que debe usar están claros.
7
Hace un buen puñado de años, me harté de mi voz, de mi ego, de mi nombre. Mi idea era dejar de escribir poemas. Debía encontrar otra manera de hacer libros, y poco a poco fui dando con la manera semi automática y anónima de la BiPA. Ahora estoy haciendo libros de fotografía y no he sacado una sola foto. Son todas encontradas, hechas evidentemente por otros. Y esos otros también son anónimos. Por ningún lado aparecen sus nombres, no era necesario: ellos mismos se reconocían en las imágenes. Luego, por alguna razón, tiraron las fotos a la basura, y por ahí llegaron a mis manos. La tarea de clasificarlas es de lo más simple, sólo hay que reconocer patrones e ir haciendo pilas con las fotos de cada tema.
Es en este sentido que la BiPA cede la expresión a los demás. No soy yo quien se expresa en estos libros. La expresión del individuo no está muerta, ni ha caducado, sólo se ha devaluado casi por completo a cero. Hay quien diría que a menos de cero, pero esa es ya una posición ideológica con la que no me identifico. La BiPA recoge las expresiones de otros, en las fotos por ejemplo, o en sus preferencias de consumo, en otros casos, las organiza, las acomoda, y así muestra una imagen general de nuestra vida como bichos sociales. En las últimas décadas, nos ha dado por pensar, y decir (que es peor), que la entomología es más expresión de los prejuicios y el ego del entomólogo que la expresión de los insectos que forman parte de la colección. Pero el entomólogo y su vida carecen totalmente de interés al lado de sus colecciones. Son los insectos los que interesan. El entomólogo puede ser completamente anónimo, y no pasa nada—o al contrario, es mucho mejor.
NOTICIAS
Los poemas están en Paseante Extranjero. Esta semana, aunque tengo tres o cuatro en el tintero, no hay ninguno nuevo, pero pueden echar un vistazo igual. Si se suscriben, que es gratis, les llegarán a su casilla de correo cuando cuelgue alguno.
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La semana que viene tengo algo de tiempo libre, y se me ocurre una cosa: si me escriben, podemos quedar a tomar un café, y me cuentan lo que más les interese de lo que estén haciendo o de lo que haya en el mundo. Podemos hablar de literatura, de arte, de fútbol, de tecnología (que es más aburrido), de lo que se les ocurra a ustedes. Lo digo así para no imponer yo mis temas, ya lo hago bastante en esta carta semanal.

