Ansiedad
Niusléter #333
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¡Soy fan! Y lo he sido de los cuentos y novelas de Sherlock Holmes desde antes incluso de haberlos leído. Cuando tenía yo 14 años, mi abuelo me regaló la edición anotada de las historias completas, The Annotated Sherlock Holmes, editada por W.S. Baring-Gould en dos tomos. Ya no los tengo, tantos años después; no sé en qué mudanza habrán quedado. No hace mucho vi un ejemplar en Walrus Books (San Telmo), pero la última vez que pasé por ahí ya no estaba. La semana pasada, en otra librería anticuaria, vi la edición de Aguilar de las historias completas, traducidas al español. Era un libro hermoso, y no lo compré por la regla que tengo de no comprar traducciones del inglés.
La edición de Baring-Gould está dedicada a lo que los aficionados a Sherlock Holmes llaman “The Great Game”, que consiste en tomarse los cuentos y novelas como si fueran documentos históricos, de cosas que pasaron de verdad, y a partir de ahí tratar de reconstruir la vida del gran detective como si fuera la de un hombre que en realidad existió. Nunca participé, pero creo que es uno de los mejores temas para ser un geek. Ahora, sin embargo, sólo tengo las historias en una edición digital, que leo en mi teléfono.
El día que vi la edición de Aguilar, volví a casa con el gusanillo, abrí el teléfono y elegí uno de los cuentos más o menos al azar. Soy gran amigo del azar. Elegí, “The Man with the Twisted Lip”, que trata de un hombre a todas luces respetable y de clase media, que vive en un suburbio de Londres, y todas las mañanas toma el tren para ir a trabajar en la City. Pero no trabaja en el distrito financiero, como piensa su mujer, sino que se disfraza de mendigo y pide dinero por la calle. La gente le echa monedas porque cita a Shakespeare y a otros grandes poetas.
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En mi infancia y adolescencia, circulaba entre nosotros, los amigos, la leyenda urbana del mendigo que en realidad era un hombre rico. O que se había hecho rico mendigando. Creo que hubo una película mexicana de los años cuarenta con ese tema. O a lo mejor la confundo con la del rico que se hace pasar por pobre para ver si su familia lo sigue queriendo. En cualquier caso, no me extraña que esa historia se cuente en una gran ciudad del siglo XIX.
Las grandes ciudades industriales del siglo XIX ya no son esas ciudades pequeñas en las que todo el mundo se conocía. No son espacios comunitarios, como la aldea o el pueblo; el gran cambio es que se han convertido en espacios para la exhibición y venta de toda clase de mercancías. Son los centros mercantiles del capitalismo industrial. A esas ciudades acuden, de las provincias, toda clase de personas, desde campesinos sin tierra en busca de trabajo hasta profesionales, capitalistas, aventureros y timadores.
Si en la sociedad antigua el hábito hacía al monje, si cada quien vestía según su función y trabajo, según su posición en la jerarquía social, ahora eso se disuelve, ya que cualquiera con dinero puede acudir al sastre y vestirse como alguien de la aristocracia, de la clase profesional o lo que quiera. El mendigo en el cuento de Conan Doyle hace lo contrario: acude al ropavejero y se viste con harapos para dar lástima. En la gran ciudad industrial, ya no se puede saber quién es quién, ya no hay linajes que seguir, se pierde el norte social y esto produce una gran ansiedad.
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De esa ansiedad surgen varias figuras que hoy nos parecen habituales, al menos en la literatura. Una es el flâneur, del que Walter Benjamin escribió extensamente. El flâneur es un hombre que pasea por los bulevares de París, observando a la gente y la vida que pasa. La leyenda es que un buen flâneur puede determinar todos, o muchos de los detalles de la vida de una persona con sólo observarla unos minutos, o incluso de un solo vistazo. Otra figura es el periodista. Con la invención del papel industrial de pulpa de madera, que abarató muchísimo su precio, los periódicos pudieron convertirse en medios masivos, ya que cualquiera podía pagarlos. Y claro, en las grandes ciudades hacía falta gente que ayudara a contar y hasta a descifrar lo que estaba pasando. La tercera gran figura es la del policía. Las grandes ciudades requieren vigilantes y un cuerpo profesional que persiga el crimen, que haga seguras las calles y resuelva problemas surgidos de la interacción entre tanta gente. Otra figura, es la del detective, que reúne las cualidades del flâneur, del periodista y del policía en un solo hombre, un agente privado, de ahí Sherlock Holmes.
Pero Sherlock Holmes no relata sus aventuras, como lo haría un periodista. Para eso tiene a su gran amigo y compañero de aventuras, el doctor Watson. Es él quien escribe las historias y las publica en The Strand (donde Conan Doyle las publicó de verdad), una revista de circulación masiva gracias al papel barato y a la imprenta industrial mecanizada. El trabajo de Sherlock Holmes es observar y de sus observaciones deducir la solución a un enigma. Precisamente el tipo de enigma que tanta ansiedad produce en la población de las grandes ciudades. Y la sigue produciendo.
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Edmund Wilson fue el gran crítico literario norteamericano del siglo XX. Escribió libros de crítica, novelas, teatro y poesía. Sus artículos y reseñas se publicaron en las mejores revistas de Nueva York, la capital financiera y literaria de su país. Murió en 1972. Tras su muerte, comenzó la publicación de sus diarios, que se hizo por décadas desde la de 1920 hasta la de 1960. Extrañamente, tengo el primero y el último de esos tomos, encontrados en librerías de viejo de Buenos Aires. Lo que hacía yo con estos libros era abrirlos por cualquier página y leer unas cuantas entradas antes de dormir. La semana pasada decidí leerme uno de principio a fin. En la página 211 once de mi ejemplar de The Twenties, encontré una referencia a un tipo que llamaban Tiny Tim, y que se dedicaba a vender caramelos por la calle, en los bares y los restaurantes. Lo interesante es que se rumoreaba que Tiny Tim había ganado tanto dinero vendiendo caramelos que se había podido comprar una casa uptown, en uno de los barrios de clase media del norte de Manhattan, donde vivía con su mujer y sus hijos.
Es la misma leyenda urbana que la del mendigo de Conan Doyle. Apunta a la vida secreta del otro en la gran ciudad, cuando el otro son todas las personas con las que uno se cruza por la calle. En Buenos Aires, vemos todo el tiempo, gente que vende cosas en el tren, el en subte, en los colectivos, por la calle, que lo aborda a uno en las terrazas de los cafés. Es un trabajo duro el de la venta ambulante, en el que uno se tiene que enfrentar constantemente al rechazo de los demás. Yo lo probé una vez y lo que más me sorprendió fue la mala onda de la gente. Pero, ¿no resulta reconfortante pensar que a lo mejor ese tipo que vende bolígrafos baratos en el subte es un millonario secreto? De nuevo el tema de la ansiedad en las grandes urbes.
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Hace un par de años conocí a un hombre que podría encajar en esa historia reconfortante. Estaba yo esperando el 161 en Florida y un señor me pidió que, cuando viniera el colectivo, le ayudara a subir sus bultos. Tenía miedo de que al ir tan cargado el chofer no lo dejara subir. Nos dividimos los bultos. Cuando llegó el colectivo, subimos y, como iba lleno, fuimos de pie junto a la ventana en la parte central. Yo lo dejé que hablara, y me contó toda su historia. Había empezado como vendedor ambulante y ahora era todo un empresario. No sólo tenía un montón de gente que salía a vender para él, sino que tenía la fábrica donde se producen las cosas que venden. Es una fábrica de billeteras y carteritas para llevar el documento y la tarjeta de transporte. Me regaló una que sigo usando, son verdaderamente prácticas. Me contó sus aventuras trabajando en las distintas líneas de trenes y de colectivos; toda la gente que conoció a lo largo de los años; cómo fue creciendo su negocio hasta lo que es ahora.
Si consideramos que la venta ambulante en el transporte público es una forma de la mendicidad (y sí, entre los vendedores también hay mendigos) (sin contar a los músicos, algún bailarín y los actores que arman escándalos en el subte como teatro callejero), este hombre es una especie de empresario de la mendicidad. Un industrialista. No sé dónde vive, ni si su casa es un palacio, no lo he vuelto a ver. Sólo me lo encontré aquel día por obra del azar: llegamos a la misma parada de colectivo más o menos al mismo tiempo.
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Las ciudades pasaron de ser comunidades a espacios de exhibición de una vasta cantidad de mercancías producidas por la gran industria del siglo XIX. Los pasajes de París, a los que Walter Benjamin dedicó tanta atención, fueron los primeros shoppings, donde se incorporaba la nueva arquitectura industrial de hierro y vidrio a la vida comercial de la ciudad y a la vida afectiva de los ciudadanos. La ciudad como shopping gigante. Últimamente, el Gobierno de la ciudad de Buenos Aires ha puesto carteles por toda la ciudad anunciando que ya no hay más manteros—gente que exhibía sus mercancías sobre mantas en los parques y algunas calles de la ciudad. El otro día iba yo por Florida, pasé Avenida de Mayo en dirección San Telmo, justo donde Florida se convierte en Perú y la calle sigue siendo peatonal, y me sorprendió que hubiera pocos hippies vendiendo sus pañuelos y gorras y artículos de piel y bisutería. Era por la nueva política policial del gobierno. En el momento no asocié una cosa con otra.
Las calles limpias, promete el gobierno. Pero es inútil. La basura está incrustada en el inconsciente de la ciudad. Y no me refiero sólo a lo que se tira y va a dar a los vertederos. Tampoco me refiero a la gente que el gobierno entiende como comerciantes basura que deben ser expulsados de la vía pública. Las grandes empresas, muchas de las cuales tienen oficinas de lujo en Catalinas y lugares similares, son las primeras productoras de basura, y las más eficaces. Cualquier objeto que vendan ahora, sea un lavarropas, un teléfono, un auto, no importa, es pre basura, basura a la espera de ser declarada basura. Sabemos perfectamente que esas empresas han invertido mucho dinero, mucha ingeniería y mucho ingenio a la obsolescencia programada de sus mercancías. ¿Y qué pasa con un artilugio obsoleto? Va a la basura. Pero no importa, mientras las calles estén limpias y parezca—el hábito hace al monje—que nuestras vidas también lo están. Es la incorporación de la ciudad pre industrial en la ciudad y la consciencia post industrial. Pero la basura está en el centro. Industria que produce basura. Políticos que gobiernan por medio de políticas basura. Es el signo de nuestro tiempo.
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De ahí, ¿a quién puede extrañarle mi fascinación con la basura? ¿La emergencia de la Biblioteca Popular Ambulante, el contenido de cuyos libros no es más que basura? La BiPA, me gusta pensar, es el realismo conceptual que la época en que vivimos requiere. Si lo que más y mejor produce nuestra cultura es basura, ¿por qué el arte y la poesía no se van a hacer con basura? ¿Por qué no van a ser basura?
Sigamos mintiendo con las grandes instituciones, con las galerías de cubo blanco, con los espacios minimalistas, con los aparatos que, aunque haya que tirarlos, siguen siendo caros. La ciudad limpia como un shopping nos espera. Aunque los precios hayan vuelto inasequible la vivienda. Pronto, tendremos lo que deseamos: la ciudad mausoleo. La ciudad de los muertos. O mejor, la ciudad de la ansiedad de los muertos.
NOTICIAS
Los poemas están en Paseante Extranjero. Esta semana hay uno nuevo, “Hablación” (que no es un error ortográfico, o si lo es, fue hecho a propósito). Echar un vistazo a la página puede que no sea mala idea. Si se suscriben, que es gratis, les llegarán a su casilla de correo siempre que cuelgue uno nuevo.
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El otro día, los comentaristas de la televisión discutían si el 3-0 de España a Austria era o no una goleada. Yo creo que la categoría “goleada” empieza a partir de los cuatro goles, mientras que un 2-0 puede ser un resultado que diga más de la dificultad del rival que de las virtudes del equipo ganador. El 3-0 quedaría en un lugar intermedio. Es goleada si registra una superioridad apabullante, no lo es si los goles llegan de carambola, o a balón parado. No sé, pensamientos inútiles que uno tiene en torno al mundial. Basura, quizá.

