Coleccionismo
Niusléter #324
1
El lunes fui al centro en busca de un ejemplar del álbum del mundial. No había, se agotó a los pocos días de salir a la venta. Tengo pensado en hacer una serie del libros a partir de ese álbum. Uno sería ponerle tapas de la Biblioteca Popular Ambulante, como una forma de apropiación. Otro sería hacer un álbum propio de la BiPA con las figuritas (cromos) repetidas. Luego habría figuritas que entrarían en El libro del fútbol encontrado en la calle y en El libro de las figuritas encontradas en la calle. Pensando en esto, y ya que tenía la etiqueta de una botella de Coca-Cola y un paquete de fideos, ambos con temas del mundial, pensé que se podría hacer otro libro con esos materiales publicitarios, que probablemente estarán por todas partes en los próximos meses. Un solo tema, varios libros.
Hay muchas expectativas en torno al mundial. Argentina ganó el último, y la gente aquí está ilusionada con el que viene. Quiero registrar ese sentimiento desde la calle, con los objetos que vaya generando. Ya sabemos que el comercio se engancha a cualquier pasión popular para vender más; a mí me interesan las sobras de ese cruce entre pasión y comercio.
2
En la calle Esmeralda, hay una tienda que se especializa en figuritas. Tienen todas las colecciones. Ahí también se les había terminado el álbum del mundial que viene, pero tenían los álbumes de mundiales pasados. Para lo que me interesa, podría haber comprado cualquiera de esos otros álbumes, pero quiero que mi trabajo de arqueología, o rescate del pasado, se aproxime lo más posible al presente. Así, quiero mostrar lo rápido que el presente, en forma de consumo, pasa a basura y material arqueológico; se convierte en pasado.
Esto en realidad lo sabemos, o lo intuimos. Uno se compra una camisa y le hace ilusión un par de domingos, y luego ya pasa a ser una camisa más en el placard. El caso es mostrarlo poéticamente, que quede registrado en ese tono para que dure lo más posible. ¿No es ésa una de las funciones de la poesía, hacer que una idea, una emoción, un encuentro con el mundo, dure lo más posible?
3
También me interesa el coleccionismo. Siempre me interesó. Desde chico tuve una biblioteca propia. Ahí estaban mis libros, no los de mis padres o los de mi abuelo. Ahí estaba lo que a mí me interesaba y me gustaba. Con los años, esa biblioteca infantil fue la de un adolescente y luego la de un joven que ya escribía, y me gustaba volver de vez en cuando a aquellos primeros libros y ver los restos de mis gustos, y casi hacer una genealogía de mis intereses posteriores. Debería de hacer una lista de las librerías que me marcaron todos esos años, desde Publicaciones Juárez, que era, a la manera antigua, librería y papelería a la vez, y donde mi abuelo me compró mi primera pluma estilográfica y tenían toda la colección Sepan Cuántos de la Editorial Porrúa, hasta, digamos, la Librería Hernández, de la Avenida Corrientes, que me parece la mejor librería de la ciudad; pasando por City Lights en San Francisco, The Strand en Nueva York, Valdeska en Valencia y la Casa del Libro en Madrid, que tenía una enorme sección de poesía.
De chico quise coleccionar sellos de correos, pero luego intervino mi padre, y aquello pasó de ser algo divertido, una especie de aventura, a un trámite burocrático, cansino, aburrido, interminable. Pasó de ser algo mío y personal a algo establecido por otros, una negación del placer, una ley, algo pesado que anulaba cualquier placer que la colección podría haber dado. Coleccionar sellos me parecía mejor que coleccionar cromos porque lo podía hacer a mi manera, no siguiendo lo preestablecido por un álbum con posibilidades limitadas. Terminé pasándome a las monedas, y me quedé con los libros.
4
Para Walter Benjamin el coleccionista construye un orden alternativo del mundo. En ese sentido, es mejor coleccionar cosas a las que nadie presta atención que cosas cuyo orden ya está marcado por una ortodoxia, sea la del álbum de figuritas, la del álbum de sellos, o incluso una de obras de arte, sean contemporáneas o del pasado. Para llegar a ese orden alternativo, hecho de signos, es más efectivo encontrar cosas que no hayan sido pre ordenadas. Los fragmentos del pasado que el coleccionista busque rescatar no deben haber sido previamente rescatados. La colección es una forma de hacer que el tiempo pase más despacio. Al demorarse uno en su colección, parando frente a cada objeto para mirarlo, tocarlo, estar con él, el tiempo es otro, no es el tiempo de nuestra modernidad, tan dada a la velocidad, al scrolling si ustedes quieren, donde casi que ni se mira.
Ante la sobrecarga de información y su velocidad, la colección ofrece un tiempo privado, personal, de conexión con el mundo. Al sacar un objeto del circuito comercial del consumo, ese objeto empieza a cobrar sentidos personales, algo muy distinto al sentido público de las cosas, el sentido que ya viene dado: el sentido común.
5
En el siglo XIX, una vez abierto (a la fuerza) el comercio con Japón, Europa se llenó de objetos traídos de esa cultura que eran completamente nuevos y distintos. Enseguida se construyeron colecciones de grabados y otros objetos, entre los cuales estaban los netsuke, figuritas de marfil talladas a mano representando animales o personajes tanto míticos como de la vida diaria. Edmund de Waal escribió La liebre con ojos de ámbar, un libro hermoso acerca de la colección de netsuke que heredó de uno de sus tíos. Cuando leí ese libro, me acordé de que en el Museo de Bellas Artes había algo así, y a la primera oportunidad fui. En efecto, había una muy bonita colección que perteneció a una familia de ricachones argentinos que vivió en París a finales del siglo XIX. (Para mi sorpresa, la guardia de seguridad estaba perfectamente enterada de lo que había en esa vitrina y pudo darme más información.) Hoy, uno puede ir a cualquier mercadillo de antigüedades y otros cachivaches y ponerse a coleccionar muñequitos de toda clase de series japonesas u occidentales, y eso probablemente sería el equivalente a los netsuke, aunque ya sin el factor sorpresa de las figuras antiguas.
Muchas veces he vuelto al museo a admirar esas figuras. Siempre lamento la imposibilidad de tocarlas, o por lo menos verlas más de cerca y hacerme con los detalles de cada una. Algunas son verdaderas obras maestras. Ahí uno entiende el atractivo de la colección, no sólo de estas figuritas sino de cualquier cosa. Esa posibilidad de cercanía con el mundo o con el trabajo de otra persona.
6
Las colecciones de la BiPA, claro, son siempre de basura, de objetos y papeles descartados. Una vez encontré los pasaportes de un hombre y una mujer, matrimonio que había viajado por todo el mundo. Su colección de viajes y países estaba registrada en los sellos en esos pasaportes. Son libros instantáneos, siguiendo el criterio de la BiPA. Sólo hubo que ponerles las tapas según el formato habitual de la Biblioteca. Otra vez encontré un cuaderno escolar. Otro libro instantáneo con sólo ponerle las tapas de rigor.
Pero aunque voy juntando objetos y papeles por la calle, la verdadera colección es la de los libros, la Biblioteca Popular Ambulante en sí. Es ahí donde está el trabajo personal, lo distinto y lo que construye un orden alternativo del mundo. Muchas veces me pregunto qué falta, qué otro libro puedo hacer. De ahí esas ideas a partir del álbum del mundial. Para mí, lo ideal sería que en la Biblioteca cupiera el mundo entero. Falta mucho.
7
Por allá por el siglo VI, se empezaron a desintegrar los papiros en los que estaban escritos los libros del mundo antiguo, griego y sobre todo latino. La enorme mayoría de esos libros estaban en los monasterios. En Europa, por broncas geopolíticas, ya no se conseguía el papiro y se había empezado a usar el pergamino, infinitamente más caro. Al empezar a desintegrarse los libros antiguos, los monjes, con el presupuesto limitado, tuvieron que elegir qué se copiaba y qué no, con lo cual se perdió casi toda la cultura literaria del mundo antiguo. No fue la quema de la Biblioteca de Alejandría, fue esta limitación material y económica. Evidentemente, al tener que elegir, los monjes optaron por textos cristianos antes que por los paganos. Nosotros haríamos lo mismo si estuviéramos en una situación similar, optaríamos por lo que más nos interesa.
Hoy en día parece que se colecciona de todo, desde cucharitas de plata y sellos de correos y figuritas del mundial, a computadoras de los años 70 y 80, a utensilios, herramientas y máquinas del campo. No importa. La pregunta que a mí me interesa es qué nos estamos olvidando, qué es lo que no nos interesa o no nos parece importante, qué estamos descartando o perdiendo. A lo mejor eso dice más de nuestra cultura que lo que sí nos ha dado por preservar.
NOTICIAS
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