Corcholatas
Niusléter #335
1
Terminó el mundial y la vida vuelve a sus cauces habituales. El fútbol es prácticamente mi único contacto con la cultura popular, aparte de la publicidad que se ve por las calles, y la basura, claro. Otro punto en el que creo que conecto con la cultura popular es que he abandonado el alcohol. Esto mucho antes de que mi corazón se fuera al carajo, y mis riñones. Simplemente fue dejándome de apetecer. No estoy en contra del alcohol, ni de tomarme algo de vez en cuando, pero como dije, normalmente no me apetece. El otro día compré una lata de cerveza, pero sólo porque traía publicidad de la selección argentina. Todavía no me la he tomado, así que todavía no ha entrado en el libro de la BiPA que le corresponde.
Por otro lado estoy haciendo un libro de corcholatas. Gran palabra mexicana. Son las tapas de botella que hay que sacar con un destapador. No son de plástico, son las de metal que vienen en las botellas de vidrio. Corcholata también es una gran palabra, tan creativo siempre el español mexicano. Cuando yo era chico, esas tapas venían con corcho para evitar que se escapara el gas de las bebidas (ahora es un plástico), y siendo de lata, bueno, se entiende, ¿no? Por suerte, se encuentran muchas por la calle, así que el libro estará listo muy pronto. Corcholata parece una palabra compuesta sacada del alemán.
2
No hace mucho, colgué en Paseante Extranjero un poema titulado “Hablación”. La palabra, con hache, no existe, claro. O como mucho, podría considerarse un neologismo. Un cruce entre el habla y la extirpación de algo. Mirando en el diccionario, la mayoría de los usos de ablación son médicos, pero existe también uno legal que se refiere al “sacrificio o menoscabo de un derecho”, y otro que viene de la geología para referirse a la pérdida de un trozo de un glaciar. El otro día hablaba con un mecánico y me mostró un cigüeñal que se había desgastado por falta de aceite, y vi cómo algunas partes habían perdido masa y altura. Supongo que eso también se podría entender como una ablación. Ablación por exceso de fricción. A lo mejor es a eso a lo que me refería en el título del poema.
El otro día iba en el colectivo, y detrás de mí había unas personas que no paraban de hablar. Entiendo que eso es perfectamente normal, y que si quiero silencio puedo tomarme un taxi y pedirle al taxista que apague la radio, pero algo me molestó de esa gente. No alcanzaba a oír bien de qué estaban hablando, sólo oía las voces. Agradecí mucho mi parada, volver al ruido general del tráfico natural a la ciudad. Podría decir que aquello era una especie de hablación, el desgaste de mis nervios por la fricción de otras voces.
3
Hace unos años, se me ocurrió otro neologismo, asiesticia. La asiesticia es ese estado en el que uno entra cuando no ha echado la siesta. ¿Estás de mal humor? No, estoy asiéstico. ¿Qué le pasa a ese niño que llora? Está asiéstico. Me gusta que suena como una especie de condición médica, como si la carencia de sueño vespertino, postprandial, sobremésico, hubiera pasado por el filtro de esa enorme burocracia que es la medicina. Algo perfectamente común convertido en motivo para un formulario y necesitado de un sello.
En 2023, publiqué una niusléter titulada Palabras nuevas en la que señalé unas cuantas junto con sus definiciones. Ahí aclaré que muchas vienen de vivir solo y hablar solo todo el tiempo, que podría ser, también, una auto hablación. (El corrector automático no deja de sacarle la hache a esa palabra. Uno de los efectos de la inteligencia artificial será la dificultad, aún mayor, de desviarse de lo preestablecido. Joyce no hubiera podido escribir Finnegan’s Wake usando software como el de ahora.)
4
Todo libro verdaderamente nuevo da la sensación de ser un neologismo gigante. Sorprende, da la sensación de no encajar, o no formar parte, de manera natural, del sistema literario de la época. Puede parecer fuera de lugar e innecesario. Su necesidad vendrá del futuro, cuando haya surtido su efecto y su influencia sobre otros libros quede clara. Hoy, va uno a la librería y parece que ya no hay neologismos, sólo las mismas palabras y las mismas voces de siempre. La tradición está estancada. La “tradición de la ruptura”, como llamó Octavio Paz a las vanguardias del siglo XX, ahora forma parte de la tradición tradicional. Los libros que se venden resultan tan tradicionales y gastados, siendo como son libros de caballerías (género estelar del siglo XV), y ya van necesitando su propio Quijote, su propia burla. En el Nuevo Quijote, en lugar del cura y el barbero, podría haber un psicólogo y un youtuber.
A veces siento los libros de la BiPA, aunque no todos, como neologismos. Pasa cuando el libro se escapa, aunque sólo ligeramente, del modus operandi habitual de la BiPA. Ocurrió con el de las fotos rotas, una vez que me sobrepuse a la decepción de que casi ninguna se pudiera recomponer, ya que faltaban cachos. La decisión de hacer un libro de fragmentos, aunque no del todo nueva, sí que me dejó la sensación de abrir otro camino. Era como si me hubiera liberado de un prejuicio, un peso innecesario que uno se quita de encima.
5
Para pegar las corcholatas en su libro, utilizo un pegamento llamado Unipox. El otro día en la ferretería, me informaron que parece que Unipox está por desaparecer. Confié en este pegamento durante años, después de haber probado los de la competencia, así que no me hace ninguna gracia que cierre la fábrica. El ferretero me recomendó otro, y compré un tubo pequeño, pero no lo he probado. Las corcholatas, en conjunto, pesan mucho para el papel, y quiero algo que sé que funciona. No es el momento de innovar.
Había hecho El libro de las cervezas encontradas en la calle, con corcholatas y latas y etiquetas de botella de cerveza; y luego hice El libro de las coronas encontradas en la calle, por la cerveza Corona y algunas otras cosas que tenía por ahí con coronas; así que el libro de las corcholatas, habiendo juntado una buena colección, parecía lo siguiente—y lo está siendo. Más que innovación, lo que hay aquí es una evolución, el paso de una cosa a la otra de forma continuada. Es más como una tradición que como la creación de algo nuevo. La BiPA también tiene sus tradiciones, sus maneras de hacer, sus estancamientos a base de novedades.
6
No sé si a todo el mundo le pasa lo mismo. Yo lo que siento en cuanto a mi trabajo, sea en la BiPA o en los poemas, es una gran disconformidad. Nunca estoy bien con el trabajo terminado, siempre hay algo que no acaba de funcionar bien, que no me satisface. Cuando alguien elogia algo que he hecho, pienso que esa persona no está prestando la atención necesaria, que su reacción no es más que superficial, que no alcanza a ver todos los defectos. Si muestro el trabajo, y tampoco lo hago con demasiada frecuencia, siento que estoy mostrando algo incompleto, que no llega a cuajar.
Detesto la frase “work in progress” porque no se trata de eso. Lo que está ocurriendo es que ya llevé el trabajo al límite que yo podía llevarlo, y aún así encuentro que no alcanza a funcionar. Y por supuesto, siempre me siento culpable. En la BiPA, el trabajo siempre será defectuoso. El defecto forma parte de la obra. Es algo que incorporé ya desde el principio con la idea de contrarrestar esta sensación permanente de fracaso.
7
El otro día, Julián Galaxy me preguntaba por la fragilidad de estos libros. No le supe responder bien, pero lo intento de nuevo: creo que esa fragilidad es un defecto fundacional de la BiPA. Los libros comunes son bastante resistentes, por eso están soportando con bastante entereza el ataque de los libros electrónicos. Cualquier cosa que requiera electricidad pertenece a un sistema frágil, fácil de romper. Los libros de la BiPA incorporan la fragilidad, más que desde el sistema, desde sí mismos, desde su propia construcción. Y muchas veces, lo que los hace frágiles es el contenido, que pesa demasiado para el soporte.
Esto de la fragilidad me interesa y lo sigo explorando. El libro de las corcholatas es un pequeño ejemplo. Hay que ir con cuidado al manipularlo porque se puede desarmar muy fácilmente, con todo y que uso el mejor pegamento del mercado y el papel es bueno. También, hace años, cambié de marca de papel por uno más resistente. Porque la fragilidad tiene que venir de la manera de hacer, no de los materiales en sí. Eso, creo yo, es lo que pone el trabajo en la dirección del arte, o de la poesía.
NOTICIAS
Los poemas están en Paseante Extranjero. Esta semana hay uno nuevo, “Un modo del viaje”. Echar un vistazo a la página puede que no sea mala idea. Si se suscriben, que es gratis, les llegarán a su casilla de correo siempre que cuelgue uno nuevo.
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Siempre dije que Unipox es el mejor amigo del hombre, pero hay que aclarar: es el mejor amigo del hombre que hace libros con basura y cree que es ése su punto de contacto con la cultura popular.


Yo tampoco sé si a todo el mundo le pasa lo mismo, pero mientras que la disconformidad no sea un impedimento para el hacer, creo que está bien, lo mantiene a uno con criterio. Es un buen diagnóstico. Yo todavía no logro superar la etapa de la disconformidad como una parálisis, así que me siento culpable y con la producción guardada, casi escondida, para cuando esté lista o el trabajo perfecto; voy de Guatemala a Guatepeor. Creo que vale más unipox en mano, que obra esperando. A por más corcholatas!
El tema de las palabras me hizo acordar a un neologismo que inventé una vez. Estábamos comiendo cachapas con amigos y yo tengo la costumbre de desarmar toda la comida mientras como. En un momento Gon me dice: "Estaba tan rica que la hiciste mierda". Y yo le respondí: "No, es que tengo tendencia a pasteldepapizar la comida".
Desde entonces me quedó esa palabra como verbo para referirme a cualquier plato que termina pareciéndose a un pastel de papa después de un par de cucharadas. Me hizo gracia leer lo de "hablación" porque me recordó esa sensación de que a veces uno inventa una palabra simplemente porque el idioma todavía no tiene una que describa con precisión aquello específico.