Desalfabetización
Niusléter #329
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Con mi cuñado siempre hablamos de libros. No es que tengamos los mismos intereses, pero sí que me interesa oír lo que a él le interesa leer. Uno aprende cosas nuevas, o incluso descubre nuevos caminos, escuchando a los demás. Me contó que había un libro, no recuerdo cuál, en el que no había pasado del prólogo; estaba esperando a mi hermana para escucharlo juntos. Esto me llamó la atención. No se me había ocurrido que uno podía escuchar audiolibros en pareja, o en comunidad, algo tan evidente. Estamos tan apegados a la soledad de la lectura, a la lectura en solitario, que otras formas nos, o al menos me, parecen exóticas.
Los clubes de lectura hace mucho que existen, pero en ellos suele ocurrir que cada quien lee su ejemplar en soledad, y luego viene y lo comenta con otras personas. En el siglo XIX y para atrás, cuando el proyecto Occidental de la alfabetización de la población no había sido completado, era común que una persona leyera en voz alta para otros, que podían saber o no leer. Esto pasaba en los bares y cafés, en ateneos y sociedades, y hasta en las fábricas. No sé si sigue ocurriendo, pero al menos antes, en las fábricas de puros en Cuba, había un lector que leía para las mujeres que estaban armando los puros. Una forma de frenar el deterioro mental que todo trabajo tedioso y repetitivo implica. Esos lectores podían leer cualquier cosa, desde el periódico del día hasta el Quijote.
El Quijote, sobre todo en la primera parte, está lleno de momentos en los que alguien lee para otros, o recita un poema, o cuenta una historia. Diría que es la forma en la que una comunidad se educa a sí misma, sobre todo si todos sus miembros tienen derecho a preguntar y comentar. No es lo mismo una comunidad que un público. El público tiene su participación acotada a las sesiones de preguntas (en las que siempre hay uno que habla demasiado), al aplauso, al abucheo y/o lanzamiento de frutas y verduras al escenario. O monedas, también podrían ser monedas. En los bares de strip-tease, les pasan billetes a las personas que bailan y se desnudan. Me encantaría que esto nos ocurriera a los poetas en las lecturas públicas, pero dudo que ocurra.
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En otra época, se escuchaba la radio o veía la tele en familia o en comunidad. Excepto que ni a la radio ni a la tele conviene lanzarles nada, y no se pueden hacer preguntas ni comentarios, no se puede interrumpir—sólo encender o apagar el aparato. Estos medios también imponían sus horarios. Lo más fácil era llegar tarde unos minutos y perderse el principio del programa favorito. Eran rígidos como los horarios laborales o escolares, siendo el trabajo y la escuela, junto con el ejército y el hospital, instituciones dedicadas principalmente a disciplinar a la población.
Ahora, con el streaming, uno elige cuándo se sienta a oír o ver algo. Si lo quiere oír/ver con otros, hay que acordar el momento. Como dije, no se me había ocurrido que un audiolibro se pudiera escuchar en comunidad, por lo acostumbrado que estoy a la lectura en solitario. Me parece una idea genial, ahora que estamos, ya desde hace un tiempo, entrando en una sociedad post letrada, post alfabetizada, neo oral.
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Los protestantes, desde los inicios de su movimiento religioso, insistíeron que cada quien debía leer la Biblia por su cuenta y llegar a sus propias interpretaciones y conclusiones. Esto ocasionó desastres sociales y guerras porque la única forma de controlar la opinión individual era la violencia. Durante siglos, la Iglesia católica controló las opiniones por medio de especialistas, instituciones y, claro, el miedo. Más o menos como ocurre ahora con las universidades y las instituciones culturales. Pero la alfabetización necesaria para que cada quien pudiera leer la Biblia por su cuenta quedó como una de las herramientas principales para la libertad de pensamiento, y por lo tanto de vida. Esto es lo que se pierde en la sociedad neo oral. O neoral, como la llamé en una niusléter ya remota.
Aunque seamos animales gregarios, y no podamos vivir, o vivamos peor, sin los demás, la libertad siempre será individual. La libertad que es sólo de la comunidad o del grupo requiere consenso. Muchas veces, para llegar al consenso, es necesario algún tipo de coerción. No siempre, pero lo suficiente como para que la libertad quede limitada a unas pocas opciones. En nuestras sociedades se ha abierto la libertad de elección en lo comercial—hay 20 tipos de mayonesa—casi como sustituta de la libertad en otros ámbitos. Otra cosa que no se dice demasiado acerca de la libertad es que ha de ser activa y no pasiva. No es lo mismo escuchar una historia contada desde el escenario que otra contada en una conversación, en la que uno puede interrumpir, pedir que algo se aclare o algo se repita. En la lectura pasa lo mismo: uno no puede interrogar al texto como si fuera una persona (esto es lo que molestaba a Platón de la escritura), pero uno sí que puede volver atrás, releer, parar, darle vueltas a una idea (incluso por escrito), subrayar, anotar cosas en el margen, y en última instancia, escribir una carta al autor—si vive. O incluso si no vive: uno puede escribir un texto, como hizo Derrida, en el que explica por qué y cómo Platón estaba equivocado en cuanto a la escritura.
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Lo que me asusta de la sociedad neoral, es la necesidad de consenso. Si sé leer (que implica más que saber juntar letras para formar palabras) y tengo acceso a libros, puedo leerlos y a partir de ahí pensar cómo y lo que me dé la gana, o lo que pueda. Uno, si examina su propio pensamiento, se da cuenta en algún momento de que sólo es capaz de pensar hasta cierto punto, hasta donde puede. La función del lenguaje, y de la lectura, es ampliar ese horizonte. En la sociedad neoral, se debe adaptar uno a lo que piensan otros y a cuándo lo piensan. Se basa en el consenso, no sólo en cuanto a la hora de sentarse a escuchar, sino a lo que se va a escuchar. Si uno escapa de ese consenso y decide leer por su cuenta, corre el riesgo de quedar fuera del grupo—de ser cancelado, como se dice ahora. Si uno tiene amigos, esos amigos (más amigos del consenso que de uno) intentarán recordarle que no debe irse por sus propias ramas, que debe atenerse a los temas y las ideas troncales que importan al grupo, que son el núcleo del consenso.
El planeta era otro hace treinta y cuarenta años. Yo vengo de ese planeta. Por lo cual, no tengo el menor problema en pasarme los consensos del planeta actual, éste en el que vivimos, por el forro de los cojones. Leeré lo que me dé la gana, lo que más me apetezca, y veré por qué derroteros del pensamiento me lleva eso que leo. Lo haré a mi propio ritmo, dentro de mis posibilidades (que no son tantas), y me tendré que bancar los desacuerdos que esto genere. Y las enemistades.
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La democracia, cuando la hay, se basa en que cada quien se informe lo mejor que pueda, y luego vote según su pensamiento y su consciencia. Se han encontrado mecanismos sumamente efectivos para manipular ese pensamiento y esa consciencia, para crear consensos, por temporales que sean, y esto está llevando a una enorme desconfianza hacia la democracia. Yo no siento esa desconfianza. Sí, entiendo que mucha gente no está informada, que se ha dejado manipular, que se equivoca, pero sigo pensando que entre todos podemos elegir mejor el tipo de gobierno que vamos a tener que si lo hace un grupo reducido de notables, aristócratas, oligargas o sabios. No soy de consensos, pero sigo teniendo fe en la gente. Que también se puede equivocar, claro.
El otro día, un amigo me dijo que el magnate de la tecnología, Peter Thiel, había venido a Argentina para ver qué se siente vivir en una sociedad post democrática. Mi amigo estaba indignado. Investigué un poquito, y encontré que Thiel nunca dijo tal cosa. Sí que ha hablado y escrito en contra de los consensos, de las instituciones que pesan cada vez más y con ese peso frenan el pensamiento, o lo que más interesa a Thiel, la “innovación”, que es como los comerciantes llaman a lo distinto, sea o no nuevo. Lo distinto por lo distinto no va a ningún lado, o no tiene por qué hacerlo. También puede ir para atrás, como la moda ha demostrados ya tantas veces.
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La innovación nos está llevando a la neoralidad, ¿y no es éste un retroceso? No lo sé. Por ahora me lo parece. Pero a lo mejor, dentro de cien años, se considera que la época de la alfabetización y la lectura individual fue una época oscurantista y violenta. Algo así como lo que se decía en el Renacimiento acerca de la Edad Media. Y lo decían porque la Edad Media se compuso de sociedades primordialmente orales, mientras que el Renacimiento se entendía a sí mismo como una nueva era de libertad individual gracias a la lectura. La idea protestante de la lectura individual de la Biblia viene de ahí. Como también Maquiavelo, más o menos por los mismos años, que decía que el gobernante ha de hacer lo que sea por la patria. En el caso de Maquiavelo, la patria era la ciudad estado de Florencia, que en aquel momento veía su existencia amenazada por los franceses, los españoles y el Papa. Luego, se interpretó que Maquiavelo estaba diciendo que el gobernante debía hacer lo que fuera para mantenerse en el poder. De ahí la mala prensa del término “maquiavélico”, sinónimo del mal político absoluto.
Pero quedó esta idea de Edad Media mala, Renacimiento bueno. La misma palabra “renacimiento” ya dice mucho, como si la sociedad hubiera resuscitado a lo Blanca Nieves, besada por su príncipe azul, la literatura grecorromana. ¿O era la Bella Durmiente? Disney es nuestra literatura clásica, y no estoy tan al tanto ya de ella.
Antes decía que a lo mejor dentro de un siglo la idea es al revés, Edad Media buena, Renacimiento malo. Por Edad Media se puede entender consenso; control de la lectura y sus interpretaciones por parte de instituciones autorizadas, por mucha discusión que haya dentro de esas instituciones; violencia institucional hacia cualquier interpretación que se desvíe de las autorizadas; bajada de línea de esas interpretaciones por medio de agentes institucionales.
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Y no es que en la época de la alfabetización, que ahora parece estar llegando a su fin, no hubiera instituciones y consensos y violencia institucional. Es que había, también en vías de extinción, por lo menos el ideal de la interpretación propia y la libertad de consciencia. Casi me atrevo a decir que la época de la alfabetización fue la Edad de Oro de las heterodoxias. Tampoco hay que caer en esa trampa. No hay, ni nunca hubo edades doradas. Ni siquiera con el quilataje del oro reducido. Todas las épocas fueron difíciles—con guerras, hambrunas, epidemias, desastres naturales y sociales. Maquiavelo escribió pensando en las enormes dificultades de su tiempo, un tiempo que durante siglos nos vendimos a nosotros mismos como una edad de oro, o por lo menos de plata.
Tenemos esa noción del Paraíso—el de antes de la caída o el de después de la muerte. O por lo menos la esperanza de que no todo sea en vano, inútil, una pérdida de tiempo. Cómo vivimos, qué pensamos, qué hacemos con nuestro tiempo sigue siendo en gran medida una decisión individual, aunque muy afectada por el contexto. Celebro al individuo, sí, pero no me olvido de que el individuo existe en un país, un territorio, una ciudad, bajo ciertas condiciones económicas, sociales e intelectuales y materiales. (Económico y material, por mucho que nos metamos entre las patas de los caballos de los materialistas, no significan lo mismo.) (Siempre me gustó esa expresión muy del norte de México, esa de meterse entre las patas de los caballos.)
(Por cierto, ¿se han fijado que los gauchos, los cowboys, los vaqueros, los charros, los jinetes mongoles, y todos los demás, tienen más o menos la misma cultura, los mismo juegos, las mismas maneras? ¿No será porque más que ser una cultura humana, es la cultura del caballo, y son los humanos los que se adaptan a lo que el caballo propone?) (Nada, eso me quedó flotando en la mente ahí al final. A lo mejor da para una niusléter futura.)
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Bueno, empezó el mundial (México ganó 2-0 en el partido inaugural). Lo que me sorprende es que, por primera vez en quizá 15 años, tengo ganas de verlo. Será que me hago viejo.

