El límite
Niusléter #319
1
Cuando un artista es reconocido, se acaba todo, queda atrapado en una manera de hacer, por parte del público, la galería, la editorial, el crítico, la institución. Ambroise Vollard le dijo a Picasso que no abandonara los cuadros que venía pintando en azul; Picasso, en cambio, siguió adelante, pasó a pintar en rosa, después al cubismo y todo lo demás. He conocido artistas que pintan lo que el galerista les manda, y en secreto, van creando otra cosa con otro estilo. El nombre del artista es una marca y los comerciantes, si ésta funciona, se resisten a cambiarla.
¿A cuántas bandas no se les ha acusado de venderse cuando cambian de estilo? Siempre habrá un núcleo duro de fans que no perdonará esa “traición”. Otros, se detendrán a escuchar, y si les gusta lo que oyen, seguirán siendo fans. Recuerdo el paso de Joy Division a New Order. En un principio, me pareció casi imperdonable. Luego hubo que ceder porque Ian Curtis había muerto, y lo que quedaba sin él era otra banda, aunque los integrantes fueran los mismos. Pero el nombre de la nueva banda también defendía el cambio.
He leído a críticos, la mayoría académicos, que se quejan de que un poeta tiene demasiados estilos. Para ellos, ese poeta carece de seriedad. No se queda fijo en una manera de hacer y por lo tanto no se le puede atribuir ningún tipo de grandeza. Es como si el estilo fuera equivalente a la personalidad y la multiplicidad de estilos una especie de esquizofrenia.
Un cambio de estilo delata el paso del tiempo. Uno es un niño, luego un adolescente, luego un joven, luego un adulto, luego más adulto, luego un viejo, luego un anciano. Eso no tiene remedio. El cambio de estilo se puede evitar. Al menos visto desde afuera. Para un artista es muy posible que no haya otra salida que el cambio. Para otro, puede que el cambio no haga falta, y que se quede cómodo en la marca que ha creado.
2
Una forma de intertextualidad irónica/humorística/ignorante se da en los comentarios a fragmentos de películas o series en Youtube, y otras redes sociales, cuando el comentarista se refiere a un personaje con el nombre de otro que el actor haya hecho, incluso comparándolos. Parece increíble que este muchacho, que luchó con tanta valentía en tal o cual campo de batalla, sea ahora este pelotudo tan débil y ridículo. Ese tipo de comentarios hace reír y al mismo tiempo revela una intransigencia. Pero se da desde el principio, desde antes de las redes sociales.
Antes, los estudios defendían a sus actores y sólo les daban papeles que encajaran con cierto estereotipo que el actor hubiera ya creado. O los estudios creaban ese estereotipo. Cary Grant siempre hacía de galán. John Wayne de hombre valiente y duro. (Cómo estaba gordo, tenían que ponerle un caballo más grande y que soportara su peso, con lo que en pantalla siempre aparecía más alto y más fuerte que los demás actores.) Clint Eastwood mantuvo el estereotipo del hombre duro, silencioso e implacable durante décadas.
En otra época de mi vida conocí a actores de cine y me costaba mucho ver sus películas porque no podía separar al actor, al conocido, del personaje. Pero en el teatro no me ha pasado esto nunca, ni siquiera con los mismos actores cuyas películas no puedo ir a ver.
3
A los 6 años aprendí que todos los días eran distintos, aunque se repitieran en mucho, y que el paso del tiempo era irrevocable. Fue un lunes. El domingo habíamos ido al club de unos amigos de mis padres a hacer un picnic, a nadar en la piscina, y todas esas cosas que se hacen en los clubes sociales y deportivos. Era el club de la empresa de un amigo de mi padre. Creo que fue uno de los días más bonitos de mi vida, no sólo de mi hasta entonces corta vida, sino de la ahora ya larga vida posterior. El lunes, estaba yo en clase, y de repente me entró una melancolía terrible. Quería que se repitiera el domingo, aquel día perfecto. También entendí que eso era imposible. Creo que la melancolía venía de mi consciencia de ese límite. Me dieron ganas de llorar y la maestra me preguntó qué me pasaba. Intenté explicárselo aún ya entendiendo que ella no podría comprender la magnitud de mi pérdida. Y por supuesto, no la entendió. Es posible que le haya parecido una tontería de niño de 6 años.
En mi actual cuaderno de trabajo, pegué un poema mío de hace algunos años porque me interesa explorar esa manera de escribir poemas. Vuelvo a él todo el tiempo y hay días en que no lo entiendo, no puedo ver cómo funciona. En otras ocasiones, no es que lo entienda, es que siento cómo funciona, y entonces puedo ponerme a la tarea de repetirlo. Lo que quiero repetir, sin embargo, es la experiencia de escribir ese poema, y eso es imposible. Asocio esta pérdida a la de aquel domingo de los 6 años.
4
En algún lado, hace décadas, leí que el estilo no es más que el límite al que un artista llega cuando agota sus posibilidades. A lo mejor Picasso no sentía ese límite, a lo mejor se sentía omnipotente. Cuando uno no puede hacer las cosas de otra manera, eso es el estilo. Uno se dice a sí mismo que si esto es así, entonces el arte debería de ser la superación constante de los límites, del estilo. Me gusta la idea y a la vez me parece demasiado romántica.
¿Qué pasa si un artista sigue viendo mil posibilidades en su actual estilo y quiere seguirlas explorando? ¿Lo vamos a juzgar por su falta de valentía al no explorar lo que sea que quede más allá de sus límites? O podemos volver al otro juicio y decidir que un artista no es bueno porque siempre está explorando estilos distintos. En cualquier caso, creo que más que juzgar trayectorias hay que juzgar las obras en sí mismas, cada una individualmente. Eso es más difícil, siempre encontramos preferible guiarnos por las marcas.
Creo que es en “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius” que todos los poetas son anónimos y están escribiendo una sola gran obra. Cada verso y cada poema forman parte del gran único poema, por mucho que sean de épocas distintas, de poetas distintos, con estilos distintos. Ahí, claro, hay que decidir qué poema encaja en qué sección de la gran obra, o si todo queda revuelto y el lector debe acceder a la obra por donde pueda.
5
No sé cómo será ahora, pero antiguamente, las antologías de poesía árabe no incluían poemas enteros, sino sólo las “perlas”, los versos singulares y llamativos que fueran surgiendo. Los poemas estaban llenos de repeticiones, de lugares comunes, de versos prefabricados, probablemente porque estaban hechos para ser cantados, algo que se repite a través de muchas culturas orales. Así, cuando un verso, en medio de toda aquella repetición de lo ya sabido, resultaba feliz, entraba en el collar de perlas que era la antología.
Richard Rorty dice que la cultura es un cocktail party al que uno llega cuando la cosa hace rato que empezó, y del que se va mucho antes de que termine. Aún así, lo que cuenta es cómo circula uno en ese cóctel, qué conversaciones tiene, qué aporta. Si uno se queda en un rincón viendo pasar a la gente (cosa que me pasa a menudo en ocasiones sociales), uno no está participando como debiera. Yo esto lo equiparo a no explorar los límites del propio estilo. Luego, si uno se quiere subir a una mesa y cantar “My Way” a los gritos, bueno, es cosa suya, y lo más probable es que lo echen de la fiesta o lo bajen a hostias de la mesa y no le sirvan otro martini. Hay reglas, claro, y hay que aprender a saltárselas sin demasiado escándalo, ya que la mayoría, incluso en la cultura, prefiere tener la fiesta en paz.
6
El otro día se me ocurrió una idea para un nuevo libro de la BiPA. Quiero hacer uno con las figuritas del mundial de fútbol. Ya existe El libro de las figuritas encontradas en la calle, que incluye figuritas de todos los temas y de distintas épocas, todas encontradas. Y muy al principio de los trabajos de la BiPA hice un libro con figuritas todavía sin sacar de los sobres en los que las venden. Figuritas, por cierto, son en Argentina lo que los cromos en España y las tarjetitas en México.
Ahora se me ocurren dos ideas distintas. Una es comprar el álbum oficial, llenarlo, y hacerle una sobrecubierta de la BiPA, operación que ya he llevado a cabo con otros libros. Una vez encontré tirado en la calle un álbum de fotos de quinceañeras que probablemente era el catálogo de algún fotógrafo profesional venido a menos. En la cubierta escribí “El libro de las quinceañeras encontradas en la calle” y el logo de la BiPA y di el libro por terminado. No hacía falta nada más.
Luego se me ocurrió juntar el álbum por pura nostalgia de cuando tenía seis años. Eso fue en 1970, cuando el mundial se jugó en México y ganó el Brasil de Pelé. (Se dice que ése es el mejor equipo mundialista de todos los tiempos.) Un día, jugando con la caja donde venía el tubo de pasta de dientes, utilizándolo como catalejo en mi barco pirata imaginario, vi que había algo impreso en el interior. Fui a la cocina a pedir unas tijeras. No me las dieron, y me preguntaron para qué las quería. Dije que había algo dentro de la caja. La abrieron y, ¡oh, maravilla!, había tres cromos de jugadores de fútbol. Alguien dijo que probablemente eran del álbum del mundial, y entonces armé un zafarrancho para que me compraran el álbum. De ahí en adelante me convertí en un agente aduanal que confiscaba todos los envoltorios de productos de Palmolive/Colgate para extrer las figuritas.
Muchos años después, en una visita que hice a casa de mis padres, encontré el álbum. No sé si lo que quiero recuperar ahora es la maravilla de los 6 años o la sorpresa de los treinta y pico cuando recuperé ese objeto sagrado que marco como uno de los antecedentes biográficos de la BiPA.
La otra forma de hacer el libro de la BiPA, sería construyendo un libro aparte en el que coleccionar todas las figuritas repetidas. Podría ser, incluso, una representación del álbum original y comercial.
7
Estas dos formas de hacer libros de la BiPA encajan dentro del modus operandi habitual. No implican una salida del estilo, sólo una adición. O una confirmación de ideas que ya existen. Ahí está el límite impuesto por las reglas de la BiPA y hay otro que viene de mi falta de imaginación y destreza técnica. Uno y otro son el mismo. Me gustaría inventar otra cosa, pero todavía no se me ocurre qué, ni cómo.
Otras dudas me embargan. Si junto el álbum, ¿tengo que ver los partidos? Hace tiempo que el fútbol no me atrae como en otras épocas. Entiendo que es importante en la sociedad, y que a mucha gente le apasiona; por eso existe El libro del fútbl encontrado en la calle. (Por cierto, en los últimos años me han ofrecido buen dinero por ese libro, y todavía no me atrevo a venderlo.) Puedo hacer un libro del mundial con toda clase de basura generada por la publicidad que se fija como una lapa a cualquier evento con trascendencia social, y más a uno futbolístico. Otra duda: ¿si veo los partidos, tengo que hablar de fútbol con otras personas? No hay muchas cosas en el mundo que me aburran más.
Pero la duda más importante es si hacer algo o dejarlo pasar. Digamos que estoy en otra con la BiPA, haciendo libros de fotografía. Esto sería una interrupción que me devolvería a maneras de hacer ya demostradas y creo que superadas. ¿Importa más el tema, el evento social que es un mundial de fútbol?
NOTICIAS
Los poemas están en Paseante Extranjero. Esta semana hay uno nuevo, “Las vacaciones”, publicado apenas ayer. Echar un vistazo puede que no sea mala idea. Si se suscriben, que es gratis, les llegarán a su casilla de correo siempre que cuelgue un poema nuevo.
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Anoche, iba yo camino del cumpleaños de un amigo, salí del subte en Parque Patricios e inmediatamente me topé con una procesión. Pensé que sería por Semana Santa, pero una señora me ofreció un “pancito de San Antonio”. Desconozco esta tradición. A la señora le dije que no soy religioso, pero insistió, así que se lo acepté y se lo agradecí como si me hubiera hecho un regalo importante. Quizá para ella lo era.


Hermoso texto, niusléter, post o como diablos lo llamemos. Y no es la primera vez, sólo que hoy me di éste tiempo para escribirte. Gracias. Anduve por mis desarropados poemas "sin estilo propio", por la tristeza de ese día perdido a mis 5 o 6 años, y por otros lugares más. Un viaje, si. Una maravilla. Gracias.