El narrador
Niusléter #327
1
Dice Walter Benjamin que la tradición marca dos tipos de narradores, más un tercero que encapsula a los otros dos. El primero es el campesino, que permanece apegado a la tierra, a su casa y a la comunidad. El segundo es el marino mercante, que sale a ver mundo y a encontrarse con comunidades lejanas y distintas. El tercero es el artesano, que una vez terminada su etapa de aprendizaje viaja a otras ciudades a trabajar en talleres de distintos maestros, hasta que al fin se asienta en una y establece allí su taller.
Lee Child, el escritor de best sellers, dice que hay dos tipos de narración. En una el protagonista se queda en su comunidad, que percibe una amenaza, sea interior o exterior. En la otra, el protagonista viaja y atraviesa un montón de aventuras y conflictos. Child escribe thrillers, así que por supuesto diría que el primer tipo de historia incluye las de un asesino serial. Ahí la comunidad se ve amenazada y no sabe si la amenaza viene de dentro o de fuera. La segunda se refiere claramente a La odisea y a la Divina Comedia, dos textos fundacionales de nuestra cultura.
El artesano de Benjamin puede contar los dos tipos de historia porque ha viajado y se ha quedado fijo, por lo menos por un tiempo, en una comunidad que lo acoje. Yo añadiría al tabernero, que oye historias de propios y extraños, de viajeros y de clientes habituales, y las repite, añadiendo su pizca de arte o destreza a la hora de contar.
2
Mi padre tenía un comercio de artesanías en la frontera entre México y Estados Unidos, la clientela se componía casi por completo de turistas (de ahí quizá mi desdén por el turismo y quienes lo practican). También pasaban por la tienda los artesanos y viajantes que traían las mercancías que luego mi padre vendía, y los guías de turistas que traían a la clientela. Estos guías formaban parte de la comunidad, y vivían de uno u otro lado de la frontera. Toda esta gente, incluidos los turistas, tenían siempre algo que contar y era algo acerca de su comunidad o de sus viajes. Nosotros, o sea mi padre, los empleados y yo, oíamos esas historias y las repetíamos conforme convenía, en tono de escándalo, de maravilla o de tedio.
Una vez, cuando yo tenía 5 ó 6 años, iba caminando con mi abuela por la Avenida Juárez hacia una de nuestras antiguas tiendas, y pasando por delante de un cabaret de mala muerte llamado (como indica el manual) La Rate Morte, mi abuela me dijo que nunca debía yo entrar en ese bar. Al preguntar por qué, como haría cualquier niño que tiene claro que tiene vedada la entrada en los bares, mi abuela respondió que ahí habían matado a uno de nuestros empleados. Habían pasado un montón de años, y mi abuela lo contaba todavía indignada, no porque hubiera muerto un ser humano, sino porque habíamos perdido a un excelente vendedor. Al parecer, hubo una pelea, el muchacho en cuestión quiso separar a los contrincantes, alguien sacó un cuchillo y el muchacho quedó en el medio. Una muerte accidental, innecesaria, que cualquier periodista tildaría de absurda. Ese era el tipo de historias que oía yo en las tiendas cuando era chico.
3
De joven, caminando por la Avenida Juárez cuando ya no teníamos tiendas ahí, la gente me paraba y me decía, “Tú eres Colom”. Luego me decían que se acordaban mucho de mi abuelo, y me contaban cosas de él. Mi abuelo, el anarquista, tenía un sentido de la justicia y de la moral muy elevado. En su tienda ejercía como una especie de juez de paz. Los vendedores que trabajaban para él y muchos de los que trabajaban en otras tiendas, le presentaban sus disputas y quejas, y mi abuelo dictaminaba a favor de uno o de otro. Siempre, antes del “juicio”, los adversarios debían prometer que cumplirían con la sentencia de mi abuelo. Si no cumplían quedaban excluidos de esta especie de tribunal improvisado para siempre, lo cual los dejaba en desventaja en otras disputas. Esto lo supe por lo que me contaba la gente por la calle, que me reconocía por la nariz y los ojos. En casa nunca se habló del tema. Mi abuelo fue un tipo legendario que evitó un gran número de peleas físicas, no sólo discusiones, entre los vendedores, que cobraban una comisión por cada venta y por lo tanto competían y se peleaban por los clientes.
A los vendedores los llamaban “talones” porque le pisaban los talones al cliente, siguiéndolo por toda la tienda para venderle algo. A eso se la llamaba “talonear”. El Meny Barraza, que fue talón en varias de nuestras tiendas, y sobre todo en la última, donde yo trabajé desde los 12 años, me contó que había una categoría de talones a los que llamaban “felones”, que rima. Los felones eran tipos violentos que se preciaban de que nunca se les escapaba un cliente “vivo”, o sea sin comprar nada. Incluso, podían llegar a amenazar al cliente, y hasta agredirlo. El Meny contaba sus hazañas con admiración y con asco. Él prefería el método pacífico, y si el cliente no compraba nada, no pasaba nada.
Un día, mi abuela, ya jubiladísima, estaba en la tienda por una razón que he olvidado, y por supuesto, ejercía de jefa. Entró una familia bastante desarrapada, y ninguno de los vendedores le prestó la menor atención. La Yaya le dijo al Meny que fuera a talonearlos, y el Meny se negó, diciendo que estaba ocupado y que esa gente no tenía pinta de poder comprar nada. Entonces, me sacó a mi de la oficina, donde yo estaba ocupado haciendo las cuentas, y me dijo que fuera yo a talonearlos. Gastaron un montón de dinero comprando cosas caras, la mejor calidad en todo. El Meny estaba asombrado, y mi abuela no desaprovechó la ocasión para regañarlo: “¿Lo ve? No se puede juzgar a la gente por su aspecto, uno nunca sabe el dinero que puedan llevar en el bolsillo.” Creo que el que mejor aprendió la lección fui yo. Una persona tiene tantas cualidades que es imposible juzgarla y acertar sólo prestando atención a las más superficiales. Aunque sí, lo normal es que juzguemos a los demás por su forma de vestir, lo primero que vemos.
4
El otro día, Agustina me invitó al cine a ver The Devil Wears Prada 2. Hacía diez años que no iba al cine, así que acepté con gusto. Agustina sabía que la primera me había gustado mucho, y que tenía ganas de ver la segunda. La primera, aunque el mundo de la moda se lleve todo el brillo, trata de los sacrificios que son obligatorios si uno quiere trabajar, casi que en cualquier capacidad, en el arte. La segunda trata de la desintegración del mundo del arte, del de la moda, del periodismo, y de cómo uno debe negociar con el diablo para sobrevivir en ellos. Aunque (spoiler) tenga un final feliz, encontré que es un final descorazonador.
En la primera de estas películas, nos encontramos con una comunidad, la de la moda, y más de cerca, la de la revista Runway (cuyo referente real es la revista Vogue), y a una chica inocente que entra en ese círculo y aprende a sobrevivir en él para al final salirse y dedicarse al periodismo “serio”. La amenaza, dentro de esa comunidad, es la comunidad en sí, con sus códigos, sus claves para la pertenencia, sus desafíos y sus tradiciones. En la segunda, la comunidad se ve amenazada desde afuera por un multimillonario de esos que hay ahora, salido de la industria del software, que aspira a comprar la revista y entregarle su dirección a una rival de la chica inocente que, 20 años más tarde, ya no lo es, o no lo es tanto.
Creo que estas historias, las del primer tipo, las del campesino medieval en su comunidad, trasladadas al presente, son las que más duro pegan hoy. Y es porque hay una sensación general de desintegración, sea de la comunidad, de la tradición, de las relaciones laborales, de las oportunidades, de todo lo que conforma la manera en que vivimos. El segundo tipo de historias, las de los viajeros, interesan menos ya que tanta gente puede viajar, y corren el peligro de ser tildadas de colonialistas o racistas, según lo que se cuente y el énfasis que el narrador ponga en su propio punto de vista. Se espera del Otro que cuente sus propias historias, y se denosta al intermediario que viene y las cuenta como si de algo exótico se tratara. Prima la comunidad porque la comunidad se siente en peligro.
5
LA función del poeta ya no es contar historias, como Homero, ni describir el mundo, como Lucrecio, ni las dos cosas a la vez, como Dante. Su función es darle vueltas al lenguaje y poner en cuestión lo recibido y lo dado. En otras palabras, el poeta permanece en la comunidad y le muestra a la comunidad su propio funcionamiento, en este caso lingüístico. Digamos que es una especie de meta narrador, una especie de analista de sistemas que examina el lenguaje desde el lenguaje, y siempre desde la práctica, no la teoría, que es el territorio de los académicos.
Me atrevo a decir que esta meta función es la de todo artista. El pintor ya no ha de proporcionar imágenes (de lo ausente en el tiempo o el espacio, como dice (más o menos) John Berger), sino mostrar cómo se producen las imágenes y cómo entran en la comunidad y qué efecto tienen. (Es posible que me esté poniendo setentero al decir esto—será por la edad.) El diseñador de moda tiene que producir ropa que la gente compre y se quiera poner, pero la pasarela es para analizar la idea misma del vestido, criticarla, llevarla a extremos, ofrecer otras posibilidades, por raras y extravagantes que parezcan. Mucha gente se queja de que lo que se ve en las pasarelas es imposible de usar, y tiene razón, excepto que no es para usarse, sino para ver, para admirar, para criticar, para pensar en la idea de lo permitido y lo “normal” en el vestido.
Es posible que Borges y Donald Barthelme hayan sido los mejores artistas de la narración en este sentido en el que hablo del poeta, el pintor y el narrador. Barthelme tiene un título exquisito, que abre todas las puertas de la imaginación: Overnight to Many Distant Cities. De nuevo, las historias de viajeros, ¿no?
6
La Internacional Melancólica fue la compañía de teatro poético, político y barato que dirigí durante varios años. Con ella vinimos a Buenos Aires y tuvimos un gran éxito de público, excepto la vez que no vino nadie a ver la función. Bueno, vinieron dos personas, una pareja. El tipo de la taquilla vino a comunicármelo con cierto placer y a indicarme que la función se cancelaba. Yo me negué a cancelar nada, actuaríamos igual que si la sala estuviera llena. Como la adaptación al momento y la improvisación eran nuestros fuertes, salí a la platea a explicarle a la pareja que les devolveríamos el dinero de las entradas pero que no se fueran, que se quedaran como testigos. Subí al escenario y expliqué de la manera más rimbombante y soberbia que la Internacional era una compañía de teatro experimental minimalista que ya había prescindido del vestuario, de la escenografía, de las luces, de la música, del guión, de los actores, del director… y ahora, ¡por fin!, ¡del público! Le pedí a los testigos que por mucho que yo pidiera su aplauso, antes y después de cada número, no aplaudieran porque ese pedido era al público y ellos ya no eran público sino testigos de que habíamos logrado prescindir del público. Hicimos el espectáculo de siempre, con las mismas ganas y la misma alegría sarcástica de siempre. Pero se corrió la voz por el teatro, donde había varias compañías preparando sus propios espectáculos, de que en la sala principal, esos españoles locos estaban actuando a sala vacía como si fuera a sala llena. Se llenaron las filas de atrás. Y cuando terminamos, esa gente rompió a aplaudir como si hubiéramos ganado un premio. El señor de la pareja de testigos se levantó y les dijo que se callaran, que no se podía aplaudir porque no podía haber público, sólo testigos.
De todas las que hicimos, y fueron muchas, es ésta quizá mi función favorita. Creo que es la que mejor describe la pauperización de las artes en las últimas décadas, que era uno de nuestros temas constantes.
7
Benjamin, en su ensayo sobre el narrador, escrito hará un siglo, se queja de que cada vez hay menos narradores. Atribuye esta pérdida a la proliferación industrial de las artes—la novela, el cine, el periodismo. Hoy, es posible que nos podamos quejar en el mismo tono de la desaparición de las artes por la proliferación de la técnica, o lo que ustedes llaman, siguiendo a pies juntillas el vocabulario del imperio, la tecnología. De eso se queja The Devil Wears Prada 2, y eso es lo que más inquieta a la gente de las artes. Por desgracia, no se puede prescindir del público. Y por lo que parece, tampoco de los mecenas, que vuelven a pisar fuerte en este cambio de época. Hay que despedirse de cualquier idea de independencia y de libertad que las artes hayan podido conquistar en los últimos doscientos años.
El mecenas puede ser el archimillonario (el clásico súper villano de las películas) o el Estado o la institución privada. En cualquier caso, siempre querrán incidir en lo que se hace, se dice y en cómo se hace y se dice. A veces, el mecenas estará cómodo con lo que hacemos y nos dejará prescindir del público, a veces no. Pero eso sí, de ellos no se podrá prescindir. Ya lo estamos viendo.
NOTICIAS
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Por fin conseguí el album de figuritas del mundial. Había escasez, y creo que la sigue habiendo. Pero lo bueno es que puedo seguir adelante con los libros de la BiPA proyectados a partir de la idea de un álbum de figuritas de un mundial, figuritas y todas las demás chingaderas que la publicidad tenga a bien ponerme delante de la vista. (Me tocó una figurita extra, de las que no entran en el álbum pero se coleccionan igual, de Messi. Por supuesto, la BiPA hará un libro para acogerla.)

