Extranjería
Niusléter#331
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En uno de mis viajes a Juárez en los años 90, supe que algo terrible había pasado, crisis, sequía, cuando vi a una familia de menonitas vendiendo quesos en la esquina de Vicente Guerrero y López Mateos. Un hombre, una mujer y tres o cuatro niños. Uno abandona su lugar cuando hay hambre o cuando hay ambición, o las dos cosas. De ahí las ciudades de aluvión como lo ha sido Juárez en los últimos treinta o cuarenta años, como la Ciudad de México desde la Revolución, como Buenos Aires desde los años 40.
Sabía que grupos de menonitas de Chihuahua habían emigrado a Paraguay después de aquella crisis de los 90, pero no a Argentina. Ayer fui al consulado mexicano a recoger mi nuevo pasaporte, y en la sala de espera había dos hombres y dos mujeres menonitas. Se les reconoce por la forma de vestir muy tradicional, o anticuada, como si fueran uniformes hechos de tiempo. Me hubiera gustado hablar con ellos pero no me atreví. No quise meterme donde nadie me llamaba. A mí me molesta cuando me marcan como extranjero, esto hubiera sido lo mismo pero al revés.
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Hay una extranjería policial, y una extranjería espiritual. Son bien distintas. La primera es la que practica la mayoría de la gente, sin darse cuenta, por costumbre, porque siempre ha sido así. Es la de los pasaportes y los controles en las fronteras. La diferencia es sólo de grado entre un policía pidiéndote los papeles por la calle y cualquier otra persona preguntándote de dónde eres. La diferencia está en la capacidad de violencia legal que pueda tener uno u otro, nada más.
La extranjería espiritual es más como lo que dice Pessoa de ser extranjero en la propia lengua. O no terminar nunca de adaptarse o acatar las reglas de un lugar, sea el de origen o el de destino. Cavafis, griego de Alejandría, siempre fue una especie de extranjero en su propia ciudad, aunque ésta hubiera sido fundada por griegos dos mil y pico de años antes. Seguro que hablaba árabe, pero decidió escribir en griego, esa mezcla de griego antiguo, griego de la calle y griego burocrático que lo caracteriza. Pessoa mismo, aunque nacido en Lisboa, creció en Sudáfrica, y escribió en inglés y en francés, luego quedándose en su natural lengua portuguesa ya como una especie de extranjero.
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Hace muchos años, decidí dejar de escribir en inglés y en catalán para concentrarme en el español. El mero español, que decía Borges. No sé bien ya por qué lo hice. No lo de elegir, porque creo que tarde o temprano hubiera tenido que elegir una lengua. Samuel Beckett escribió buena parte de su obra en francés porque no tenerla como lengua materna, no tener esas referencias de infancia, le ayudaba a escribir una lengua más pobre, más esquelética, que era lo que quería. Yo quizás hubiera podido hacer algo así con el catalán, pero no con el inglés, que fue la lengua de mi educación literaria.
Creo que lo que pasó es que no encontré la manera de adentrarme en la vida de habla inglesa, como sí lo hice en la vida de habla española. Aún así, mi español es un español pasado por el tamiz de las otras dos lenguas y por la experiencia de la extranjería, la policial (con la que convivo a diario) y la espiritual (que trato de mantener viva). Esa extranjería, en la lengua, se manifiesta en una fragmentación infinita del habla, que luego siempre, por ordenarla, trato de traer a una especie de coherencia.
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Pensé en esto ayer, no sólo porque fui a buscar el pasaporte, sino porque el miércoles me encontré un montón de fotos tiradas en la calle. Estaban todas rotas. Cuando las extendí sobre mi mesa de trabajo con la idea de reconstruirlas—ese rompecabezas—me di cuenta de que faltaban muchos fragmentos. Al final, sólo logré reconstruir dos fotos completas, una más a tres cuartas partes, otra a la mitad, lo demás son fragmentos sueltos.
La siguiente pregunta fue acerca de cómo hacer un libro de la BiPA con todo este material, cómo organizarlo. Anoche me vino la respuesta. Así como están los fragmentos dispuestos sobre mi mesa, eso es lo que tengo que intentar reproducir en el libro. Reproducir el caos tal y como lo encontré en la calle es ahora imposible. Recogí las fotos, me las guardé en el bolsillo del abrigo, luego las descargué todas sobre la mesa; y ya sobre la mesa, las esparcí para ver si podía reconstruirlas. Es éste otro caos el que hay que reproducir. La idea general de la BiPA no es organizar el caos para darle un sentido, es más bien registrar ese caos para ver si, como caos, tiene algún sentido. De esta manera, soy de la opinión de que la BiPA no es arte, aunque quizá se acerque más a la poesía.
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En los poemas trato de administrar ese caos, aunque suelo fracasar. Tiendo a apuntar al sentido, cuando debería liberarme de él y concentrarme en el caos. Quizá sea porque todavía tengo una idea más o menos tradicional de lo que constituye un poema—el poema como unidad de sentido. Y suele preocuparme que un hipotético lector lo pueda entender. Es así como no soy lo suficientemente extranjero. Puedo serlo en la BiPA, pero en los poemas todavía no lo he conseguido.
En la BiPA incorporo el caos que ustedes generan en sus vidas cotidianas por medio de una organización lo menos intrusiva posible. Si un libro de la BiPA no se puede leer como un collage tradicional, que apunta a la unidad de sentido de toda obra de arte (por polisémica que quiera ser), es porque incluye mucho del caos que la sociedad produce y siempre está tratando de aplastar, organizar, ubicar y controlar—para eso está la policía. Toda comunidad, sea semántica u ontológica, depende de algún tipo de acción policial para mantenerse. El extranjero está capacitado para ver la artificialidad legislada mejor que el nativo: de ahí esa extranjería de la que habla Pessoa.
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Hay dos citas de Walter Benjamin que forman parte de mi trabajo diario. La primera es de Calle de dirección única:
No dejes pasar de incógnito ningún pensamiento, y lleva tu cuaderno de notas con el mismo rigor con que las autoridades llevan el registro de extranjeros.
La segunda es de El libro de los pasajes:
Todo aquello que se está pensando tiene que ser incorporado al instante a cualquier precio al trabajo que se está haciendo.
La primera apunta a la extranjería del caos que ocupa el pensamiento, y al trabajo del escritor como una especie de policía; la segunda apunta a la apertura que hace falta para que el caos informe a la obra, aunque no sea el caos lo que termine de darle forma. Diría que la primera tiene más que ver con los poemas, y la segunda con la BiPA. La idea es lograr un punto de encuentro entre los dos tipos de trabajo.
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Esta foto muestra el estado de las cosas hoy. Mañana es muy probable que esos fragmentos empiecen a entrar en las páginas de un libro lo más parecido posible a como están ahora. Si yo quisiera hacer algo más con este material, quizá dejaría fuera la intención de alguien de olvidar esas vidas del pasado, o de deshacerse de las imágenes que esas vidas produjeron y hacerlo de manera que fueran de la menor utilidad para otros. Tengo una caja llena de fotos encontradas en la calle, he hecho unos cuantos libros con fotos encontradas, que se organizan solas por temas o por formatos. Aquí, sin embargo, lo interesante es el caos producido por la aparente ocultación de las fotos por parte de un desconocido. Una imagen rota en cinco o seis pedazos que luego son esparcidos por la calle, es una imagen que se oculta.
Siempre hay que ocultar el caos. Los carteles que la policía de Buenos Aires ha puesto por toda la ciudad, declarando que ya no hay más okupas ni manteros, funcionan así. No significan que ya no haya más gente sin casa, ni gente que intente ganarse la vida por medio del comercio a como dé lugar—ése es el caos, y eso es lo que hay que ocultar. O hacer que no se vea. La negación siempre es más fácil, y es esa negación la que la BiPA intenta mostrar.
NOTICIAS
A Ifi, la gata del IF, se le sigue echando muchísimo de menos.
Los poemas están en Paseante Extranjero. Esta semana hay uno nuevo, “Fin de un espectáculo”. Echar un vistazo a la página puede que no sea mala idea. Si se suscriben, que es gratis, les llegarán a su casilla de correo siempre que cuelgue uno nuevo.
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Buscando en internet, vi que los menonitas que hay en Argentina provienen casi todos de la zona de Nuevo Casas Grandes en el estado de Chihuahua. Ahora me arrepiento todavía más de no haber hablado con ellos.


