La fuente de las ideas
Niusléter #336
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El sentido del honor literario, como diría Walter Benjamin, no me permite dejar de escribir. Llevo más de trescientas niusléters seguidas, todos los viernes sin pausa ni falta durante casi seis años. En realidad, vamos en la 336, pero las primeras treinta y pico pertenecen a la primera época, y el resto a la segunda, ésta de los seis años. Ahora llevo un buen ritmo de escritura: una niusléter y un poema por semana. Tengo más poemas, pero van quedando en la reserva. No tengo reserva de niusléters. Es un viejo tropo del columnismo periodístico hacer una columna acerca de que uno se ha quedado sin ideas. Ésta intentará ser lo contrario.
A mis amigos, cuando me hablan de la niusléter, les comento sin falta que ya no tengo ideas. Que llego al viernes con las manos, los bolsillos y la cabeza vacíos. Bueno, es así más o menos una semana sí y la otra no. Hay semanas en que llego con la niusléter ya diagramada y pensada, y ya sólo es cuestión de traducir mis notas a prosa. Pero luego hay semanas de vacío total. Como dije, más o menos una y una.
Hoy me interesa explorar de dónde vienen algunas, si no la mayoría, de las ideas.
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Dije que tengo una reserva de poemas. Saqué poemas de ahí durante un par de semanas y los colgué en Paseante Extranjero porque no tenía nuevos. Y creo que la razón por la que no los tenía es que no había salido a la calle, a la ciudad, precisamente en dos semanas. No me sirve de nada quedarme a “trabajar” en mi cueva, si luego no trabajo porque no he salido. Igual que la BiPA viene de la calle, y no hay idea para un libro que la calle no me haya entregado, algo similar pasa con los poemas. Donde más y mejor escribo, por lo menos los borradores, es en el transporte público, en algún café o deteniéndome a cada rato por la calle para anotar un nuevo verso.
El poema Matafuegos es un documental de lo que vi y pensé durante una mañana de camino al centro, ya en el centro y luego en el café Saint Moritz. Intenté hacerlo lo más breve y esquemático posible para evitar todo juicio, y salvarme a mí mismo de mis propias opiniones. Este poema intenta ser objetivo y sí, está lleno de objetos. O de momentos. Esa semana había hablado con mi hermana Nuri por teléfono y me contó su viaje a Nueva York. En Brooklyn, pleno verano boreal y un calorón, los bomberos abrieron un hidrante para que los niños jugaran con el agua. Nuri quiso hacer una foto, repitiendo fotos de otras décadas que todos hemos visto, pero su hija no se lo permitió. La chica está más al tanto de las prohibiciones moralistas del momento que nosotros, que somos de otra generación: no se puede hacer fotos de niños por la calle. En algún momento de mi periplo por la ciudad esta anécdota me volvió a la consciencia y la anoté en mi cuaderno junto con todo lo demás. Al final, entró en el poema, donde me interesaba marcar la escasa diferencia entre la percepción y el recuerdo, al menos en el lenguaje, si no en las partes del cerebro que se iluminan en los estudios según los estímulos.
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Tengo una especie de fórmula para las niusléters. Tiene que haber tres elementos, tres patas que la sostengan. El primero es algo que haya pasado en la semana; el segundo es algo que tenga que ver con la BiPA y/o los poemas; el tercero es una cita, una alusión, una referencia a uno de mis autores. Creo que ya cumplí con las tres en esto que ustedes llevan leído hasta ahora.
Lo que ocurra en la semana puede ser algo que vi en persona, o algo que me contaron, o algo que vi en los medios o en internet, que incluye a prácticamente todos los medios. Lo de la BiPA tiene que estar, ya que ésta es la Niusléter de la Biblioteca Popular Ambulante. Lo de los poemas es porque ocupan tanto de mi tiempo que no puedo excluirlos de lo que sea que esté pensando o presenciando durante la semana. Lo de la cita de algún autor es para demostrarme a mí mismo que no estoy solo.
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Ayer, tenía que hacer tiempo en el centro, y anduve caminando entre Córdoba y Santa Fe, entre 9 de Julio y Callao, ese cuadrante. Por esa zona, en una galería muy venida a menos, con unos tragaluces llenos de plantas y polvo, hay una librería que no ha de vender nada. Ocupa dos locales, a ninguno de los cuales se puede entrar de lo llenos de libros que están. Uno mira a través de vidrio, el librero está afuera, en el pasillo, y uno pregunta por aquello que alcanza a ver. Este librero ha de ser un acumulador, porque tampoco parece tener muchas ganas de vender nada. Uno pregunta el precio de un libro y el librero le pide a uno su número de teléfono. Luego le explica que no sabe el precio del libro, pero que llamará en unos días para decírselo a uno; ese precio, sigue explicando, será justo para el libro, justo para el librero y justo para el supuesto comprador. Invariablemente, el precio resulta ser alto y uno, en este caso yo, se niega a pagarlo, con lo que el librero no vende nada. Además, ya me pasó que encuentro el libro más barato en otro lugar. Me pasó con Los ismos, de Gómez de la Serna. El librero del que hablo tenía una edición muy bonita por la que me pedía 23 mil pesos, pero luego encontré la primera edición argentina por 7 mil.
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Ya me gustaría a mí acumular ideas como ese librero acumula libros. Me encantaría que en mis cuadernos no hubiera espacio para pasar, que las ideas se apilaran unas sobre otras, unas al lado de otras, por todas las páginas. Mejor en los cuadernos que en la cabeza. Pero no. Suelo gastar las ideas en cuanto las anoto, o muy poco después, casi siempre esa misma semana. Luego, algunas ideas quedan ahí, sin consecuencia, sin que deriven en nada más: se agotan solas y en sí mismas.
El otro día recordé que a los 12 años estuve muy cerca de ir a un concierto de Led Zeppelin. Tocaban en la ciudad una sola noche, pero mis padres no me dejaron ir. Nuestra burguesía conservadora no nos permitía ir a un galpón lleno de hippies y gente fumando marihuana. En esa época, los padres no iban un concierto multitudinario con sus hijos pre adolescentes, como ocurre ahora. Distinto hubiera sido si hubiera pedido que me llevaran a un concierto de la orquesta sinfónica, claro, pero no se me ocurrió.
Ahora bien, ¿qué hago con este recuerdo? ¿Me pongo a hablar de lo mucho que han cambiado las costumbres y la paternidad en el último medio siglo? No tengo ganas de aburrir—no quiero aburrirlos a ustedes ni aburrirme a mí mismo. Pero sí que puedo colgar aquí la idea y apuntar a ella y decir cómo no me sirve para nada en un artículo acerca de mis fuentes, digamos, de inspiración. Puedo poner una idea como ejemplo de mi falta de ideas.
(Ayer vi un cartel que anunciaba, con todo el entusiasmo del mundo, un concierto de zarzuela. ¿Quién—me pregunté—querrá ir a eso? Era con cantantes del Colón y orquesta y todo.)
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La calle es mi mejor fuente de inspiración. Principalmente porque mis lecturas carecen por completo de sistematicidad. Leo a cachos, leo fragmentos, leo muchos poemas sueltos en internet o en libros. También salen de conversaciones, muchas de ellas por teléfono, ya que algunas de las personas con las que más me gusta hablar viven lejos. El otro día, anoté en mi cuaderno que debería escribir algo acerca de cómo la literatura surge de las conversaciones. Cómo es social en ese sentido, y cómo la famosa soledad del escritor no es tal, ya que sin el contacto con los demás quizá no escribiría nada, o no tendría a quien escribirle. La literatura, sea novela, relato, poema o lo que sea, como carta. Así, toda literatura sería de alguna manera epistolar.
Richard Rorty decía que la cultura es un cocktail party al que uno llega tarde y del que se va temprano. Entre su llegada y la partida, uno va charlando con éste, con aquel y con el de más allá; uno va diciendo cosas y esas cosas reverberan por el resto de la fiesta o se olvidan. Es ésta otra manera de decir que el arte y la literatura son hechos sociales. Es mejor y queda más bonita que la mía, pero creo que la mía apunta a otra cosa: a la distancia en el tiempo y en el espacio. Uno participa en una conversación y horas, días, años después, escribe algo en respuesta a algo que se haya dicho en esa conversación. Uno piensa en lo que tendría que haber dicho mucho después de haberse ido del cocktail party de Rorty.
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Si no salgo, no escribo nada. Si no entro en conversación con otras personas, o figurativamente, con la ciudad, no escribo. Solo no voy a ningún lado. Uno también puede hablar con los muertos, sus autores favoritos. Normalmente, combino esas fuentes y de ahí sale todo lo que escribo, y salen también los libros de la Biblioteca Popular Ambulante. Lo he dicho muchas veces: es lo que encuentro en la calle lo que decide el tema, o el contenido, de un libro. Yo no decido nada a priori, excepto que cualquier cosa es susceptible de entrar en un libro.
Pero cualquiera de estas inspiraciones es polvo que se lleva el viento. El viento mueve el polvo, lo cambia de lugar, lo lleva adonde se acumule y se convierta en olvido. Mis cuadernos son lugar de trabajo y de olvido. Recordé un concierto al que no fui y lo anoté en mi cuaderno. Ahora lo olvidaré, ya lo habría olvidado si no hubiera abierto mi cuaderno mientras escribía esta niusléter, si no hubiera decidido incluirlo aquí para decir que no es nada, sólo un recuerdo que vino a mí mientras me preparaba un café, mientras cambiaba de una actividad a otra.
A veces, alguien me comenta o pregunta algo acerca de algo que escribí en una niusléter de hace un mes. Y no sé de qué me habla. La niusléter sale el viernes, y el sábado ya no me acuerdo de qué dije en ella. Uno escribe por escribir. Porque en realidad no puede evitarlo, no quiere evitarlo, o no se atreve. Uno escribe por no irse de la conversación, del cocktail party, de sus amigos.
NOTICIAS
Los poemas están en Paseante Extranjero. Esta semana hay uno nuevo, “La obsesión del benteveo”, una suerte de nonsense poem. Echar un vistazo a la página puede que no sea mala idea. Si se suscriben, que es gratis, les llegarán a su casilla de correo siempre que cuelgue uno nuevo.
Si quieren echar una mano a la Niusléter, a Paseante Extranjero, a BAIPEX y todas las demás actividades literarias de la Biblioteca Popular Ambulante, siempre pueden comprar un ejemplar de la REVISTA, o suscribirse a la BiPA por Mercado Libre. Todo ayuda.
Ayer llegó mi amigo Pep, de Valencia, y me trajo la biografía de Josep Pla (1500 páginas), la poesía completa de Cavafis (edición de Daniel Mendelsohn), entre otros libros, y una pluma espectacular, una Omas de mediados de los 1950, restaurada.
Perdón. Programé el mail para que saliera hoy, según yo, pero estaba para salir dentro de un mes. Ahora va.


Lo último me resuena con un tema que pretende ampliarse como nueva ciencia y/o disciplina de diseño: el relacional…