Los libros naturales
Niusléter #337
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Ya no sé dónde dice Walter Benjamin aquello de hacer libros como catálogos. ¿Me lo imaginé? ¿Lo puse yo en algún lado como nota al margen? He buscado en los ejemplares de sus libros en mi biblioteca, seguro de que lo subrayé. He buscado en varias inteligencias artificiales. Nada. Pero la idea sigue activa, al menos en mi manera de escribir y en la de hacer libros. Siempre estoy haciendo catálogos de una cosa u otra.
Ahora mismo, por ejemplo, estoy haciendo un libro cuyo texto consiste en los nombres de cuatro tipos de comercios que se encuentran en todos los barrios de Buenos Aires: panaderías, fábricas de pasta, heladerías y farmacias. Camino por las calles, viajo en colectivo, siempre voy atento a estos comercios y anoto sus nombres en mi libreta. Cuando llego a mi oficina, los paso a un documento de texto. Me falta escribir un prefacio para este libro en el que dé cuenta de por qué estos cuatro tipos de comercio sí y todos los demás no. Ese prefacio incluirá una lista, ya que es éste un libro de listas, de todos los tipos de comercios que han quedado excluidos, dando para muchos de ellos las razones.
Un libro de listas es un libro catálogo. Es, como se me ha dado por llamarlo últimamente, un libro natural. Quiero explicar en está niusléter a qué me refiero por “libro natural”.
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Una forma de definir los libros naturales sería decir que son los libros que se hacen solos. No quiere decir que no haya esfuerzo por parte de algún humano, quiere decir que los materiales ya están, y el humano sólo tienen que ponerlos en orden, y quizá recopilarlos. El libro de los pasajes, de Benjamin, es un libro natural, aunque no lo haya terminado. En él recopiló miles de citas, agrupadas por temas, surgidas de la literatura y la prensa del siglo XIX. También incluye comentarios suyos, que salen de sus investigaciones y lecturas, pero casi todo el texto se compone de materiales encontrados—principalmente en la Biblioteca Nacional de Francia.
Los libros de la BiPA, cuyo contenido son papeles y objetos encontrados por las calles de Buenos Aires, son libros naturales en este sentido. Además, para añadir naturalidad, yo no decido de qué van esos libros, lo deciden las cosas que voy encontrando y levantando. Una vez encontré un tesoro en Recoleta, y no llevaba mochila, ni siquiera una bolsa de supermercado, de esas de plástico, y no me pude llevar muchas de las cosas que había allí. Todo eran papeles que habían pertenecido a una pareja que, al parecer, había viajado por todo el mundo. Me imagino que alguien decidió vaciar su departamento, y no encontró utilidad ni interés a esos papeles y los sacó a la calle. De esto hace muchos años. La Biblioteca Popular Ambulante ni siquiera existía, pero sigo lamentando haber tenido que abandonar todo aquel material por falta de una bolsa (o veinte) donde meterlo. Aquella noche, volví a mi casa en el subte con los bolsillos llenos y una gran pila de papeles en los brazos.
De aquel tesoro, conservé sobre todo, los dos pasaportes de aquellas personas viajeras. Con ellos hice El libro de los viajes encontrados en la calle. Los pasaportes tienen los sellos de todos los países que esas personas visitaron a lo largo de años. En realidad, los pasaportes ya eran libros naturales sin que yo los tocara. Al poner una estructura de libro y un título, lo único que hice fue incorporarlos a la BiPA, de manera que formaran parte de un conjunto que ayudara a poner de relieve su sentido.
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Considero que la Biblia es un libro natural. Quién sabe cuántas personas escribieron esos textos, los reescribieron, los editaron y recondujeron. Pero en algún momento (que se conoce, pero yo no lo sé) (busquen ustedes mismos en su IA favorita), esos textos se recogieron primero en la Torá y luego en el Nuevo Testamento, y luego ambos libros conformaron uno solo. Pienso que el libro se fue haciendo solo a lo largo de siglos. Esta podría ser otra definición de libro natural: el libro que se hace solo. Evidentemente hay intervención humana, y podría haber intervención maquínica (con la inteligencia artificial), pero esas intervenciones son siempre parciales, hasta que aparece alguien, un individuo o un grupo, que decide que aquello es un libro y lo reúne en eso que llamamos libro.
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Lo que debe intervenir lo menos posible es la imaginación. La gran mayoría de los libros parten de la imaginación de alguien. Y los peores, o sea las novelas, suelen ser fruto principal de esa imaginación. No quiero decir que no haga falta imaginación para hacer un libro natural, pero sí que hay que evitar que la imaginación lo controle. Lo mejor es poner unas reglas al principio (que pueden surgir de la imaginación) y luego cumplirlas a rajatabla, excluyendo todo lo que no encaje con ellas sin la menor piedad.
Es posible que el libro natural dependa más de la exclusión que de la inclusión. Si estoy haciendo el libro de los rojos encontrados en la calle, debo excluir los papeles y los objetos de todos los demás colores. Incluso excluyo objetos en los que predomina el rojo pero hay otros colores que intervienen. Y como el mundo—y la ciudad es, para mí, el mundo—está lleno de cosas rojas, muy pronto el libro se va haciendo solo. Yo sólo tengo que agacharme, recoger el objeto, llevarlo al taller y pegarlo en la página correspondiente. Digamos que es la realidad la que pone los materiales, y yo sólo me dedico a recopilarlos y organizarlos. Pero siempre con la mente puesta en las reglas inquebrantables que dieron inicio al proyecto.
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Se podría decir que una antología de poesía es un libro natural. El editor no incluye nada suyo, sólo debe seguir unas reglas establecidas antes de empezar. Bueno, si el editor incluye alguno de sus poemas, debe tratarlo como si fuera de otro, con la misma objetividad con la que trata todo el resto del material que incluye en la antología. Porque los poemas ya están hechos, y seguramente ya publicados en otro lado. Así, son objetos encontrados, ya existentes, previos al proyecto de antología. Forman parte ya de la realidad—por lo menos la literaria.
Esa relación con la realidad es fundamental. En el libro natural, se trata de hacer un libro con lo que ya existe, sin añadir nada propio, nada que la propia imaginación proponga. Mis sueños no entran en el libro natural, aunque puedo hacer un libro natural si cada mañana anoto mis sueños en un cuaderno. Una vez anotados, los sueños existen por fuera de mí.
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Yo escribo poemas, pero no escribo libros de poesía. Voy escribiendo poema a poema, sin que el tema y la forma de uno afecten los de otros. Cada uno es, digamos, independiente de los demás. Luego, puede que haya afinidades entre algunos, y que esos sean suficientes como para hacer un libro. Para cuando se hace ese libro, los poemas ya son objetos externos a mí, aunque todavía no pertenezcan a la realidad literaria de mi entorno. O a lo mejor ya pertenecen, si los he publicado en revistas, en antologías o en mi blog (para el cual hay un enlace en las Noticias, abajo).
Siempre lo hice así, pero no fui consciente de ello hasta que leí un artículo de un poeta español que se quejaba de los poetas jóvenes (que en aquel momento eran los de mi generación), diciendo que escribían libros de poesía en lugar de poemas, y que por tanto les faltaba intensidad emocional, estética e intelectual.
Es posible que algún día alguien se tome la molestia de leerse todas estas niusléters, seleccione las que valgan la pena (de haberlas) y haga un libro con ellas. Yo no lo haré. No tengo tiempo ni ganas. Lo que sí haré es seguir escribiéndolas una a una, semana a semana, por el puro placer que me da hacerlo. Y por eso que Benjamin llama “honor literario”, que es no dejarse vencer por la falta de ideas o de temas y siempre seguir escribiendo.
En la Edad Media, cuando la educación era primordialmente oral, muchas veces había un escribano que iba anotando lo que decía el maestro. Luego esas anotaciones se recopilaban y organizaban, y con ellas se hacía un libro, a menudo con cambios incorporados por el maestro, o por lo menos con su aprobación de lo dicho y de cómo se había dicho. A veces, esos libros se hacían con las notas de los alumnos, pero menos, ya que tomar notas en esa época era un engorro: había que afilar la pluma, llevar un bote de tinta, el papel (si ya existía) era caro, etcétera.
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Por último, me gustaría dejar claro que los libros naturales no son mejores que los de imaginación—ni peores. “Libro natural” se refiere a una manera de hacer libros entre las varias que haya. Hay libros intermedios, por ejemplo, como lo son esos que los anglosajones llaman non-fiction. En ellos se parte de un hecho real, se investiga ese hecho y luego se cuenta la investigación y se explica el hecho. Yo diría que quedan en el medio entre los libros naturales y los de imaginación porque incorporan maneras de hacer de ambos. El hecho a explicar viene de la realidad (por lo tanto es natural—y recordemos que, desde Baudelaire, la ciudad es nuestra naturaleza), pero muchas veces escribirlos requiere la imaginación de un novelista. Las biografías y los libros de historia son este tipo de libros.
No sé por qué a mí me tocó la predilección por los libros naturales. Y cada vez más. El otro día entré en una de las mejores librerías de Buenos Aires, y me dejó un poco anonadado encontrarme con tantas novelas. O a lo mejor se les daba más lugar porque es lo que más se vende, o lo que la gente prefiere leer. Una cosa buena de los libros naturales es que no siempre son para leer, sí para hojear, sí para mirar (aunque supongo que también los hay en Braille), y hasta para oír. Hace unos años, intentamos, con Felipe Sáez Riquelme, leer algunos de los libros de la BiPA en voz alta. Fue un ejercicio divertido, y creo que desembocó en los libros de listas, una especie de catálogos, que prefiero hacer, o escribir.
NOTICIAS
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Otro ejemplo de libros naturales que me interesa muchísimo son los herbarios, donde se coleccionan muestras de plantas, flores, etc. En este sentido, son naturales de más maneras, al incluir directamente elementos de eso que llamamos “la naturaleza”, o peor, “La Naturaleza”.

