Poema y clima
Niusléter #330
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En muchos de mis poemas aparece alguna nota del clima. En algunos llueve, o hace viento, o el sol pega fuerte. Pone un contexto por fuera de lo humano, pero con lo que tenemos que vivir. A mucha gente le parece que hablar del clima es no hablar de nada, pero es de lo más importante. Ahora mismo, entrando como estamos en el invierno austral, si uno no presta atención al tiempo, puede acabar resfriado, con una pulmonía, inhabilitado para la vida diaria, que es la única que hay. Sólo se vive de momento a momento, día a día, por eso digo que no hay otra vida. Lo demás son ilusiones, ideales, imaginaciones, todo lo que no existe. (Disculpen mi falta de platonismo—es de nacimiento.)
Recuerdo lo mucho que nos impresionó, hace 50 años, una frase de Jesús Gardea, escritor que vivía en Juárez. Habló de una “tormenta de sol”. Y nada me pareció más justo ni más exacto, viviendo ahí en el desierto, huyendo siempre hacia el aire acondicionado. Si el coche de uno quedaba al sol un par de horas, cuando se metía uno en él era entrar en un horno de panadería. Caminar por la calle no era imposible, pero casi siempre mala idea. Había que ir por la sombra, por lo menos. Es un hábito que conservo, aunque el verano en estas partes no sea ni la mitad de intenso de lo que era allá.
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Ayer salí a eso de las 5 de la tarde, camino del centro. Normalmente, me tomo un 78 hasta Chacarita, y de ahí el subte hasta Callao, Florida, o adonde vaya. Esta vez, me bajé del 78 en Solano López y ahí me tomé un 146, que va por Avenida San Martín hasta el Cid, rodea Parque
Centenario, luego agarra Díaz Vélez hasta Gallo y de ahí baja por Corrientes hasta Correo Central. Atardecía, y cuando llegamos a Parque Centenario, empezó a anochecer. Llovía. Levanté la vista de mi libro para ver pasar la ciudad. Había un tráfico infernal, de fin del día laboral, e íbamos despacio. Es mi hora favorita, cuando cae el sol pero todavía queda algo de luz en la calle, y se encienden las farolas y las luces de los comercios. Ayer, esas luces se dispersaban o emborronaban por el agua que bajaba por el vidrio de la ventana del colectivo. Voy sin cámara (bueno sí, llevo el teléfono), pero me siento Dziga Vertov en uno de sus ensayos visuales sobre la vida urbana.
Escribo mucho, sobre todo partes de poemas, en los colectivos. Hay algo del movimiento que me mueve a escribir. Algo del paso de la ciudad, algo del clima y algo de la luz que llena el aire siempre me trae a las ideas. Es uno que llega a las ideas, y no al revés. Si todo está hecho y todo está dicho, entonces lo que importa es cómo llega uno a lo que ya está y cómo lo dice de nuevo. Cada generación y cada artista debe decir las cosas de nuevo para hacerlas de nuevo comprensibles.
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Dice Walter Benjamin en Calle de dirección única: “Nunca dejes de escribir porque ya no se te ocurra nada. Es un imperativo del honor literario interrumpirse solamente cuando haya que respetar algún plazo (una cena, una cita) o la obra esté ya concluida.” Si estoy en mi cueva, la computadora está abierta al procesador de textos, tengo cuadernos y hojas sueltas por todas partes, la escritura es donde vivo. Si salgo, mi cuaderno de bolsillo está siempre a mano. O sea que ni siquiera por acudir a una cita veo la necesidad de parar de escribir. A lo mejor sí cuando ya estoy en el lugar y con las personas con quien tenía que hablar, pero eso ya pertenece a los climas interiores. Si siento que mi encuentro con un una idea requiere atención inmediata, me aparto, y anoto lo que haya que anotar. En este sentido, carezco de modales por completo. Las personas que me conocen han sido testigos de esto alguna vez.
Los climas dentro son tan importantes para el poeta como los climas fuera. Uno no los controla, aunque pueda controlarse a sí mismo y callar cuando haya que callar, o en una situación de peligro, sortear el miedo cuando toque sortearlo. Los climas dentro dependen hasta cierto punto de los climas fuera. Si llueve muchos días seguidos, uno siente que su ánimo empieza a decaer. El sol, antes de caer uno en una insolación, parece traer nuevas energías—por eso acude la gente a la playa. Los climas fuera se muestran completamente indiferentes ante los climas dentro. Los afectan pero no son afectados por ellos. Que yo esté triste no significa que tenga que llover, excepto en un poema malo.
4
Las noticias del cambio climático suelen traerme sin cuidado. Individualmente, no hay nada que se pueda hacer al respecto. Ni siquiera se puede hacer nada a nivel país; tienen que ser todos los países en concierto que tomen las decisiones que hagan falta para frenar el cambio climático. Hasta ahora, esto ha demostrado ser imposible. Hasta que no se pongan de acuerdo entre todos, no habrá gran cosa que hacer. El terreno ganado por unos será perdido por otros. Así que ¿para qué las noches de insomnio, los gritos y las pancartas por la calle, las organizaciones civiles, los avisos de los científicos? En los últimos 50 años, la excusa del clima ha servido principalmente para empeorar la vida de las personas. No hay, por ejemplo, legislación efectiva que frene la obsolescencia programada, con lo cual terminamos tirando un montón de máquinas a la basura, contaminando más el planeta, aumentando el precio de la vida diaria, empeorándolo todo.
Cada vez que un político se llena la boca con el cambio climático, yo me pregunto donde está la legislación que evite la obsolescencia programada. Se pierde rápido la confianza en esos políticos, y se va erosionando la confianza en el sistema, en la democracia misma. Luego se echan las manos a la cabeza porque alguien menciona la “post democracia”. La cantidad de basura que la política produce es casi peor que la que producen las redes sociales y las empresas más contaminantes.
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Basura que yo produzco: poca en realidad. No compro mucha comida empaquetada. No compro casi nada más. Pero me corto las uñas todos los viernes, antes de ponerme a escribir la niusléter, y tiro los recortes a la basura. No soporto que las uñas toquen las teclas cuando escribo; en cambio, que las yemas de los dedos las toquen me da una sensación de control que sólo siento cuando escribo a mano. A máquina ya casi no escribo. Tengo una máquina, pero la dejo, con pesar, que vaya acumulando polvo. La limpio de vez en cuando.
De mi abuelo heredé su máquina de escribir, una Remington supuestamente portátil que pesaba una tonelada. Él la usó tanto, y durante tantos años, que las teclas tenían las marcas de sus uñas. Yo la usé todo el tiempo que estuve en la universidad. En aquella época, prefería escribir a máquina y hacer los cambios a mano, luego le daba el resultado a una persona que lo pasaba en limpio en una computadora. Escribía a máquina y a mano, recortaba los fragmentos y los iba pegando con cinta hasta que la cosa quedaba como debía quedar. Es el corta y pega de antes. En estas niusléters quedan restos de esa manera de escribir más o menos fragmentaria: están los apartados numerados.
Una vez, un poeta viejo al que le mostré uno de mis poemas recortó la primera estrofa y la cambió de lugar. Me indicó que el poema en realidad comenzaba con la segunda estrofa, aunque la primera no carecía de valor y merecía estar en alguna parte del poema. Aprendí más esa tarde acerca de cómo se escribe un poema. Era algo que venía ya haciendo en la prosa, pero no lo había pensado en la poesía. Ahora, tantos años después, es algo que tengo incorporado a la manera de escribir.
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Josep Pla, uno de mis héroes en la prosa, siempre escribe del clima. Largas descripciones de los efectos del viento en su tierra. Los días de lluvia son textos enteros para él. Pla está seguro que el clima es de lo más importante que hay. Y sí, el clima y la geografía definen cómo vivimos. Es posible que los vientos de una región tengan un mayor efecto sobre el carácter de sus habitantes que cualquier sistema educativo. O por lo menos, decidirán con más claridad cómo hay que vivir en ese país. Los vientos, el sol, las lluvias, la nieve, todo eso, más que lo que se dicte en las aulas. Por eso, creo que hay que incluir, siempre que se pueda, alguna noticia del clima en el poema que uno tenga entre manos.
Hace unos años, hice un poema más o menos conceptual (pero que funciona) acerca del viento. Se titula “Veinticuatro horas de viento”, y no es más que eso. Tendría que haber anotado la fecha para añadir exactitud. (Uno quisiera estar en todo, y luego resulta que no todo está en uno.) Envidio a la gente que conoce las constelaciones en el cielo nocturno, a la que huele el viento y sabe lo que se viene. Un gran momento en mi vida: autobús nocturno desde Bahía Blanca a Buenos Aires; salimos de la ciudad (y su contaminación lumínica) y de repente ahí está todo el cielo, ahí están todas las estrellas visibles desde el hemisferio sur, incluida la Cruz del Sur: un momento de felicidad al que uno termina comparando todas las otras felicidades que pueda ir sintiendo.
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Mucho de lo que escribo en estas niusléters, y en los poemas, depende de los climas dentro. A menudo, tengo que hacer el esfuerzo de notar y anotar los climas fuera. Uno debe salir de su cueva, de su particular envoltorio, y sentir el mundo en la piel, dejar que los sentidos reajusten los humores, eso que llamo los climas dentro. Lo más fácil, al menos para mí, es quedarme adentro, no mirar siquiera por la ventana. Pero he descubierto que cuando salgo es cuando puedo escribir de verdad.
Marcel Broodthaers describió a la perfección mi ideal de escritura en La pluie (Projet pour un texte), donde intenta escribir bajo la lluvia, y el agua le borra la tinta llevándose todo lo que ha escrito. Ayer por la tarde, llovía y me llevé el paraguas. Pero enseguida lo metí en la mochila. No llovía tanto y me pareció que iba lo suficientemente abrigado como para poder estar en el mundo, con agua y con viento, y mejor así darle vueltas al poema (de próxima aparición) que traía entre manos. (Hoy amaneció fresco, el cielo completamente despejado.)
NOTICIAS
Los poemas están en Paseante Extranjero. Esta semana hay uno nuevo, “Retorno al regreso”. Echar un vistazo a la página puede que no sea mala idea. Si se suscriben, que es gratis, les llegarán a su casilla de correo siempre que cuelgue uno nuevo.
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Paso algo peculiar. La tarde en la que escribí el primer borrador de “Retorno al regreso”, el último poema que colgué en Paseante, fui (después de escribir) a ver Los cruces, la película de mi amigo Julián Galay. En el poema hay animales disecados en un museo de historia natural; en la película también (y muchos otros que están vivos). Una de esas coincidencias por las cuales uno parece ser amigo de sus amigos.


Me acordé de una lámpara que está en uso desde 1901 en una estación de bomberos, tiene su propio video en vivo.
http://bulbcam.cityofpleasantonca.gov/view/view.shtml?id=867694&imagePath=%2Fmjpg%2Fvideo.mjpg&size=1&camera=1