Superstición
Niusléter #305
1
Auden decía que si toda la poesía escrita a lo largo de los siglos no se hubiera escrito, nada en la historia hubiera cambiado; la historia hubiera sido exactamente la misma. Pensar que el arte puede cambiar el mundo es una superstición. El arte siempre llega tarde. Una de mis supersticiones artísticas favoritas es la del azar objetivo, ideada por André Breton, el curandero mayor del surrealismo. El azar objetivo ocurre cuando una necesidad interior, un deseo, algo surgido del inconsciente, se encuentra con un objeto real por aparente casualidad. El objeto lo hace a uno consciente de su deseo, el deseo hace que el objeto cobre sentido más allá del que se le había asignado en la realidad.
Siempre he pensado que el azar objetivo era la metáfora perfecta para el consumo supersticioso, el consumo como acto curativo. Salgo de compras porque estoy triste. En mi periplo por los centros comerciales encuentro algo que encaja a la perfección con mi deseo, lo compro—ahora ya no estoy triste. Son incontables las veces que he practicado esta cura, principalmente en librerías de viejo, donde uno no sabe lo que va a encontrar.
2
La Biblioteca Popular Ambulante, con sus libros cuyo contenido es basura, objetos y papeles encontrados en la calle, pone en práctica el azar objetivo, pero sin intención curativa. Su propósito no es cambiar nada, sino solamente mostrar lo que hay, lo que somos. Va más allá de mi deseo, de mi inconsciente. Sí, los libros de la BiPA son la exteriorización de una necesidad interior, de una necesidad vaga y amplia de mostrar, casi algo infantil. Como cuando un niño insiste en mostrarte lo que le está ocupando la atención. Más que manifestar mi deseo en lo encontrado, los libros de la BiPA muestran algo que queda por fuera de mí. No mi deseo, sino el deseo de otros, el deseo general, ya pasado, ya descartado, un deseo social en ruinas—el inconsciente de la ciudad.
3
Adorno se pregunta si después de Auschwitz todavía es posible la poesía. Lo terrible es que sí. Porque ni la poesía hubiera podido evitar Auschwitz, como tampoco sirve para evitar las desgracias y las tragedias del presente, ni la historia subsiguiente pudo evitar la poesía. Si queremos darle al arte una función social, el arte sirve para mostrar el mundo, para decir lo que no se está diciendo. La metáfora sirve para mostrar lo que hay y lo que el presente esconde. ¿Eso cambia algo? El cambio requiere la participación de miles, o hasta millones de personas. El arte siempre ha sido minoritario. Y lo es porque esa presentación de lo aparente y lo oculto en una sola figura es algo complejo que requiere atención e inteligencia, pensamiento—algo para lo que las grandes mayorías no tienen tiempo, ni ganas.
4
No sé si les ha pasado a ustedes, lo de echarse a llorar de emoción ante una obra de arte. Unas cuantas personas que me conocen me han dicho que soy un tipo duro; yo creo que más que duro, soy flexible y resistente. Pero de vez en cuando, una obra de arte me obliga a bajar la guardia y me conmueve de tal manera que se me saltan las lágrimas. Me pasó, por ejemplo, la primera vez que leí los “Cuatro cuartetos” de Eliot, que es una obra casi religiosa. Para muchos es una obra menor del Eliot tardío, al menos comparada con la potencia de sus poemas anteriores, de “La tierra baldía”, por ejemplo.
Estaba en el Café Derby de Santiago de Compostela, leyendo esos poemas, y en medio de “The Dry Salvages” me eché a llorar a moco tendido. El camarero, alarmado, vino a preguntarme si estaba todo bien. Decepcionado cuando le respondí que lloraba de emoción por lo que estaba leyendo, se dio la vuelta y se fue sin decir nada más. Me pasó algo parecido la última vez que leí “Piedra de sol”, de Octavio Paz. Esto me sorprendió porque he leído el poema muchas veces y nunca me había emocionado tanto. A lo mejor fue que al leerlo en voz alta, los ritmos, la belleza de muchos de esos endecasílabos, generó una música que me emocionó. Un poema leído en voz alta siempre es distinto a cuando uno lee para sus adentros.
5
No soy fan de publicar lo que escribo. En gran medida porque siento que no tengo nada de gran interés que decir. Mando esta niusléter semanal por pura superstición: siento que si dejo de hacerlo algo se secará en mí y me quedaré mudo. Uno puede entender intelectualmente que una actitud suya es supersticiosa, y aún así no poder evitarla en lo emocional. Creo que el arte tiene que ver con eso. Empecé a hacer estas niusléters hace cinco años porque quería aprender a escribir prosa. Después el desafío fue encontrar algo que decir que ameritara el esfuerzo de la prosa. He llegado al punto, y lo habrán notado si hace tiempo que leen estas cartas, en que ya no tengo nada que decir, no tengo ideas.
Hace un par de años, tomando un café en el bar fotográfico de Lacroze con Julián Galay, me dijo que uno empieza a crear precisamente en el momento en que se queda sin nada que decir, sin ideas. No sé de qué artista japonés sacó Julián esa idea. Me aferro a esta superstición cada viernes cuando me siento a escribir.
6
Otra superstición que me embarga igual que la de asustarme cada vez que un gato negro se cruza por delante de mí, es una de Walter Benjamin: “Todo aquello que se está pensando tiene que ser incorporado al instante a cualquier precio al trabajo que se está haciendo.” Es casi una fórmula mágica. Así, en estas cartas hablo de mis problemas de salud, de mis broncas con la burocracia, y (no sé si lo he hecho alguna vez) del silencio que hay en el barrio las mañanas de domingo. Esto último me vino a la cabeza ahora mismo al oír ladrar al perro de la casa de enfrente. Ladra como si le estuvieran pegando, pero luego resulta que está solo detrás de la reja, y quién sabe lo que lo indigna. Como yo escribiendo aquí.
7
Esto otro es de Maurice Blanchot: “Cuanto más se afirme el mundo como futuro y luz diurna de la verdad, donde todo tenga valor y sentido, donde todo sea alcanzado por la maestría del hombre y para su uso, más parece que el arte deba descender hacia ese punto en el que hada tiene sentido todavía, en el que más importa que el arte mantenga el movimiento, la inseguridad, y el dolor de todo aquello que escapa del asimiento y los fines. El artista y el poeta parecen haber recibido esta misión: la de llamarnos de nuevo al error… y donde lo que viene es lo no-serio y lo no-verdadero, como si de ahí surgiera la fuente de toda autenticidad.”
Lo entiendo como una defensa precisamente de la superstición. O al menos como una explicación. Eso no-serio y no-verdadero, ¿no es la definición de la superstición? Como si hubiera que echar las cartas del tarot cada vez que uno toma lápiz y papel y emprende un poema. John Cage componía a partir del I Ching, otra forma de entrega al azar, de darle sentido a lo que, en la vida normal, pública o privada, no lo tiene. La BiPA da sentido a lo que menos lo tiene, o lo ha perdido, la basura. Yo mismo he recopilado frases oídas o leídas por la calle para luego hacer poemas u objetos poéticos a partir de ellas, como si en eso que no es serio, ni tiene que apuntar a verdad alguna, existiera la posibilidad, por acumulación, del sentido.
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Para Yeats, su obra era el ritual de una fe perdida. Yo diría que hacer esa obra es seguir manteniendo la fe en esa fe, más o menos como no pasar por debajo de una escalera, o persignarse cuando el colectivo pasa por delante de una iglesia. Y uno lo hace porque lo contrario sería peor. El malestar generado por el incumplimiento de las exigencias de una superstición es una forma de violencia interior que siempre es mejor no sentir. A uno no le queda otra que ir adonde el arte le pide que vaya. Si luego otros encuentran valor en eso, genial, muchas gracias. Y si no, no pasa nada: uno tenía que cumplir.
9
El otro día, apareció el cartonero que me trae cosas con una bolsa llena de libros. Todos eran basura, dignos de aportar material para la BiPA, excepto uno: El libro de arena, de Borges, en la edición de Emecé. No lo había leído. Lo sentí como un aviso de la realidad, como si la realidad, en la persona del cartonero, hubiera llamado a mi puerta exigiendo atención, igual que la insuficiencia cardíaca que me aflige ahora. Inmediatamente fui al cuento que da título al libro. Es sobre un libro que no tiene ni principio ni final, un libro infinito. El libro infinito, la biblioteca infinita, ¿no son esas dos de las principales supersticiones de Borges? En gran medida, de ellas viene el mandato de la BiPA, el de hacer libros que no tienen por qué tener fin, en todos los sentidos de la palabra fin. Y el de seguir escribiendo por miedo a no poder escribir si uno deja de hacerlo por un momento.
Una vez le oí a Bieito Iglesias, en una conferencia que dio en Barcelona, referirse a Freud como “o menciñeiro de Viena”. Un menciñeiro, en la Galicia rural, era el curandero que bien podía aplicar hierbas o las manos para curar a alguien; su trabajo era afectar el cuerpo y el alma, era intelectual y emocional, lo que la medicina oficial tilda de supersticioso. No es que yo crea que el artista deba ser un menciñeiro, pero aquel día Bieito lo fue para mí, al aclararme el valor de la superstición.
NOTICIAS
1.
2. Los poemas, fruto de mis supersticiones, están en Paseante Extranjero.
3. Si quieren echar una mano a la Niusléter, a Paseante Extranjero, a BAIPEX y todas las demás actividades literarias de la Biblioteca Popular Ambulante, siempre pueden comprar un ejemplar de la REVISTA, o suscribirse a la BiPA por Mercado Libre. Todo ayuda.
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A veces a las ideas hay que buscarlas, lo cual no implica forzarlas. Y buscarlas tampoco es estar en constante búsqueda, full neurosis al borde de un ataque de algo. Hace un tiempo vi la exhibición de unas imágenes en papel fotográfico, eran líneas. Muchas en papel A4. A simple vista no me gustó. Luego el curador me explicó que el artista trabajaba en una oficina y quería encontrar la forma de no perder tiempo de producción artística, lo cual también equivale a ventas de obras e ingresos para lo cotidiano. Entonces comenzó a poner papel fotográfico (no recuerdo qué tipo de papel y si le añadía algún tipo de químico, no recuerdo realmente, pido disculpas) en el piso en su jornada de oficina, y las marcas visibles eran de las ruedas de la silla con la que trabajaba, estaba en una exhibición con varios hitos de la fotografía. Lo que importa es que, a veces las ideas se tratan de eso. De ganarle a lo que somete y enferma. Desde que conocí ese maravilloso transfondo entendí que podía usar a favor la fuerza del enemigo. A mí me somete VoiceAnalitycs en el trabajo, además de la precarización y todo eso; es una IA la que analiza mis audios con clientes y dictamina 1) que soy operadora de bajo rendimiento y 2) cual es el estado de ánimo del cliente y del operador y 3) Brinda resultados y los mide, cualquier parecido con la ficción es pura coincidencia. En fin, el caso es que ese trasfondo de aquella obra o la bella narración del curador junto con decirles a mis amigos que no podía más y que no sabía que hacer, me dijeron trabaja con NO PODER y ahí se encastraron las piezas y recordé que la empresa me daba una app llamada Calm para desestresarme y en función de todo esto pude hacer un juego, lúdico —performance para los artistas— en base al VoiceAnalitycs. No sé si sirva de mucho esto pero caminar 40 kilómetros puede generar una idea siempre pero quien no pueda caminar 40 kilómetros a pensar y ver y divagar para encontrar esa idea también tiene que poder llegar a. Creo que ahí entra en juego lo más complejo pero también divertido que es cruzar a Wanda Nara y Mauro Icardi o la tarotista Ludovica Squirru con El Decálogo de Kieslowski para ver qué pasa con eso. Si no sale nada interesante, no pasa nada, se prueba con otra cosa y listo, sanseacabó, está al alcance de la mano. Es como una especie de serendipia artística forzada para artistas pobres y precarizados. Que es un poco lo del azar objetivo y acumulación de sentido pero bajo presupuesto, para seres humanos que su oficina y su casa y su dormitorio y su todo probablemente sea una sola habitación y una pantalla. En fin. Cada uno con sus recetas al final del día, para comer, para las ideas y para tomar las medicinas ¿No?