Traición
Niusléter #316
1
(Pido disculpas por lo traicionero del título.) (O no.)
La idea de que la poesía es intraducible es una idea del siglo XIX, una idea romántica que crece junto a los nacionalismos que son una de las marcas del siglo. Si el poema depende de los sonidos de una lengua, o de juegos de palabras, será intraducible por lo menos ese efecto, pero dudo mucho que lo que “dice” el poema no se pueda traducir. Sí, se le resta buena parte del placer que produce, y la experiencia de esos efectos queda más o menos anulada. Por eso, más que traducciones, muchos poetas se han dedicado a hacer versiones, traduciendo los juegos y los efectos de una lengua a juegos y efectos de otra. Esto está casi prohibido, claro. En las últimas décadas se ha defendido la traducción literal como casi la única posible. Pero ese tipo de traducción no toma en cuenta la poesía, viene más de asuntos legales, y como mucho, de la novela.
Gertrude Stein iba a traducir los poemas de un joven poeta francés, pero terminó haciendo versiones que a ella le parecían mejores que los originales. Hasta exigió que su nombre apareciera como autora en la portada del libro, lo que provocó la ira del joven y una bronca descomunal. Yo soy partidario de una solución intermedia: hacer una versión en la que se traducen los efectos de una lengua y una cultura a sus equivalentes en otra. Es una solución temporal, ya que esas equivalencias cambiarán con el tiempo según vayan cambiando la lengua receptora y la sociedad de la que proviene, pero mejor eso que la traducción literal, que siempre termina siendo pesada.
2
Distintos grupos sociales hablan de manera distinta. Eso lo sabemos. No sólo cambia el lunfardo particular a cada segmento de la sociedad, sino el acento, la música del idioma. Hace muchos años, cuando traducía textos de la Unión Europea, escritos en una especie de euroenglish más o menos insoportable, me tocó traducir uno para un cierto partido político español. Decidí que lo traduciría al sociolecto de los progres del país. Fue muy divertido, la verdad, casi como escribir para el teatro. Al final, hubo gente que no podía creer que aquello fuera una traducción, les sonaba así de real, así de suyo. Hice lo que hubiera hecho en el teatro o en la poesía.
Hará unos años, Felipe Sáez Riquelme y yo nos pusimos a la tarea de traducir algunos poemas de John Ashbery, y lo hicimos a una especie de español porteño de clase media. Nos reímos un montón. Ashbery pasa constantemente de un lenguaje más o menos culto a jergas especializadas a lunfardos que muchas veces no son de su grupo social. Constantemente está jugando con las palabras y así transmite la sensación de lo resbaladizo del lenguaje y lo cambiante que resulta la experiencia de un momento a otro. El poema termina siendo un discurso individual en infinita conversación con la tribu, con el ambiente, con el mundo que lo rodea.
3
No está claro que el verde que yo veo sea el mismo que otra persona ve. El “verde que te quiero verde” del “Romance sonámbulo” de Lorca suena y canta, pero me resulta demasiado amplio. Luego lo va aclarando: es el verde del viento en los árboles, en las ramas, el verde de la baranda de una casa tradicional andaluza, el de la menta y de la albahaca. Luego, en sueños, el verde de la carne y el del pelo. Ahí se va aclarando. Para mí no hay verde más verde que el de la menta y la hierbabuena. Una vez, de chico, jugando al fútbol, me caí en un seto de menta que había en el borde del patio donde estábamos jugando, y me quedó ese olor marcado como el olor del verde, el verdadero verde, y encontrármelo en un poema de Lorca no fue para nada nuevo ni extraño, fue una especie de retorno a un lugar feliz.
De nacimiento, soy sordo del lado derecho. No oigo en estéreo. Esa experiencia me es completamente ajena, aunque la reconozco intelectualmente—sé que existe, pero no para mí. Si alguien me llama del otro lado de la calle, miro para todas partes porque no sé de dónde viene el sonido. Y si éste rebota en las paredes, me vuelvo medio loco, me mareo de tanto buscar su origen. Para el equilibrio, dependo mucho más de la vista que del oído; el cuerpo compensó por ahí. Quizá sea por eso que cuando voy por la calle esté siempre atento al piso, a las otras personas (por delante, por detrás de mí, a los lados), al tráfico, a todo lo que me rodea. A lo mejor es que, cuando a uno le falla uno de los sentidos, se vuelve un poco paranoico. Hay que estar traduciendo todo el tiempo.
4
Siempre me llamó la atención la idea de traducir un texto sin conocer la lengua original. Normalmente, alguien que sí la conoce hace una traducción literal, y luego le explica al poeta traductor los efectos lingüísticos y sonoros del poema. Es una conversación constante, supongo. El poeta traductor luego pasa el texto literal a efectos que funcionen en su lengua. Al menos, y por lo que he oído, creo que se hace así este tipo de traducción. Me atrae ese compañerismo, la complicidad en el encuentro con una lengua desconocida para uno de los traductores.
Lo que es ridículo es la traducción de un idioma cotidiano a otro híper culto—y lo contrario, también. Si lo hacemos dentro de la misma lengua, donde todos entendamos el juego, terminaremos a las carcajadas. Pero si se hace de una lengua a otra, lo considero hacer trampa, o mentir sobre lo que está pasando en la lengua de origen. Lo he visto unas cuantas veces y mi indignación no tiene límites.
5
Siempre he apostado por vivir en países donde se hable español. Mucho en la poesía depende del contacto con los usos cotidianos de la lengua, no sólo en el léxico, sino en los ritmos, la música del idioma. Pertenezco a la clase media, que por lo general es la clase culta de cualquier sociedad (los ricos suelen ser unos brutos ignorantes, y los pobres no tienen tiempo), y siempre me han interesado los matices en las actitudes y en el lenguaje de las clases medias de una ciudad y otra, de un país y otro. Por eso me importa tanto mantenerme dentro del ámbito de la lengua española.
La clase media vive obsesionada con el prestigio social. Aspira a la clase alta, teme caer en la baja. Una forma de prestigiarse es el conocimiento de otras lenguas, y su traducción a la cotidiana. A veces se traducen conceptos que no terminan de cuajar. El otro día me reía con un amigo del concepto que se usa aquí del “café de especialidad”, esa tontería. Viene del “specialty coffee” de los norteamericanos, que tenían que distinguir entre su café habitual, aguado y triste, y el café de máquina al que estamos habituados—una de esas europeizaciones que conducen al esnobismo. Aquí ha llegado a significar un café a la gringa, que ya era un café a la europea readaptado, cosa que no necesitábamos pero ahí está. Estas traducciones, estos ires y venires, me llaman la atención.
Hay un café de especialidad al lado de una estación de tren por la que a veces paso, y me gusta detenerme ahí y pedir un café americano. Es para joder, aunque sólo yo perciba el chiste. El café americano ya es una traducción. Al final de la Segunda Guerra Mundial, los soldados norteamericanos les pedían a los camareros italianos que les pusieran más agua en el café, de ahí que los italianos dijeran que eso era un café americano. Ahora hay que ir y pedirse un café de toda la vida, pero en italiano o en inglés—o en inglés italianizado. Latte por un café con leche, o flat white si uno no quiere espuma.
(Leí en algún lado que en Londres existe algo que llaman “The flat white economy”, y que dicho sector económico es el de lo que aquí griguísticamente llamamos “industrias culturales”. En este caso (flat white) se refiere a un sector donde el arte se encuentra con la tecnología. Es el prejuicio en favor de la novedad, que nos viene de la industria, la publicidad y quizá también de las vanguardias de hace un siglo—todo ya un poco gastado y visto.)
6
Me divierto mucho con las traducciones dentro de una misma lengua, tratando de encontrar equivalencias. El grasa argentino no es lo mismo que el hortera español o el naco mexicano, pero se parecen mucho. Pelotudo/gilipollas/pendejo. Un pendejo en México es un pelotudo, mientras que en Argentina es un niño. Decir pendejadas en un país y en otro se refiere a cosas bien distintas.
El otro día me acordé de que en la primera muestra total de la BiPA puse un sector titulado “Regalería”, palabra típicamente argentina. Me parecía mucho más bonita que la pendejada del “Gift Shop” que hay en el Malba. O había, hace mucho que no voy. En mi regalería puse camisetas, gorras y otros objetos con el logo de la BiPA. Nadie compró nada, la gente pensaba que era parte de la muestra—aunque sí se vendieron unos cuantos libros. Viví de esas ventas durante casi un año. (Gasto poco.) Mi palabra favorita desde que vivo en Argentina es galletiteria, que para los que no viven aquí es un comercio donde venden galletitas. Supongo que se usa galletita para referirse a lo que en el resto del mundo hispano llamamos galletas, pero para distinguir de la galleta que se daba a los marineros antiguamente. Ahora los giles dicen cookies, quizá para distinguir un tipo de galleta hecha a mano de la industrial—aunque eso ya existía: las masitas que venden en las panaderías. Siempre hay que estar traduciendo.
7 Traduttore traditore. Los italianos, con su mala hostia medieval y renacentista, desconfían de todo y de todos. Para ellos, el traductor es siempre traidor. Yo creo que sólo lo es cuando no traduce los efectos de una lengua a efectos en otra. El traductor literal. O el perezoso. Cavafis escribió sus poemas en una mezcla de griego antiguo, griego culto (inventado para la burocracia en el siglo XIX) y griego de la calle. Es muy difícil conseguir ese efecto descentralizador en otra lengua, pero algo se puede intentar. En todas las lenguas existen distintos registros, lo que pasa es que el registro callejero cambia muy rápido, y algo que se dice ahora es muy posible que no tenga sentido dentro de 10 ó 20 años. (El traductor no puede aspirar a la inmortalidad.) Y más cuando en las calles de una ciudad se usa un lunfardo, y en las de otra otro.
Ahora, con la censura digital, hay que hablar en lo que los anglosajones llaman algospeak, un habla algorítmica, que sirve para eludir la censura robótica en los videos de Youtube y otras plataformas. No se puede, por ejemplo, hablar del suicidio, o al menos no utilizando esa palabra. Puede herir la sensibilidad de alguien que esté por pegarse un tiro, y de la gente cercana al auto occiso. (¿Qué hacemos con la expresión argentina “¡Me quiero matar!”?) En mi siempre humilde opinión, es ésta la verdadera traición—y no ya sólo de la lengua, sino de la realidad misma.
NOTICIAS
1.
2.Los poemas están en Paseante Extranjero. Esta semana hay uno nuevo, “Un tren”. Echar un vistazo puede que no sea mala idea. Si se suscriben, que es gratis, les llegarán a su casilla de correo cuando siempre que cuelgue un poema nuevo.
3.Si quieren echar una mano a la Niusléter, a Paseante Extranjero, a BAIPEX y todas las demás actividades literarias de la Biblioteca Popular Ambulante, siempre pueden comprar un ejemplar de la REVISTA, o suscribirse a la BiPA por Mercado Libre. Todo ayuda.
4.El otro día fui a un bar, me pedí un café, y cuando lo trajeron venía acompañado de una jarrita de cerámica con una sustancia líquida que ellos llaman “licor de café”. No sé en qué se traduce esto, pero es como si ya hubieran pensado el carajillo sin pensar en un carajillo. Me estoy absteniendo bastante del alcohol desde hace ya un tiempo, pero en este caso lo agradecí. Si alguien adivina de qué bar estoy hablando, le invito a un café en ese lugar, y le regalo un libro de la BiPA.

