Dislocación
Niusléter #311
1
Ya es febrero. El año tiene un mes menos. Lo digo como si no hubiera habido enero, o como si no lo hubiera vivido, pero la verdad es que hice un montón de cosas, y más que nada, escribir y trabajar en la BiPA. El otro día en la consulta, la doctora me preguntó de dónde soy—por mi acento. Siempre pasa. Soy del hemisferio norte, y por mucho que lleve aquí casi veinte años, sigo pensando que en Navidad hace frío y en mi cumpleaños hace calor. Este año, la navidad pasó prácticamente desapercibida para mí. Año nuevo lo mismo. Ni siquiera tuve ese micro problema de todo año nuevo, cuando uno escribe la fecha y en el año pone el anterior por pura costumbre.
Un mes después, o demasiado tarde, mientras elegía material para pegar en los libros, me descubrí tarareando villancicos. Pensé que a lo mejor, aunque todavía con desplazamientos temporales, me estoy empezando a adaptar al tiempo al revés. ¿Cómo se pone uno a cantar villancicos en pleno verano?
2
Salgo poco. La mayoría de las conversaciones que mantengo con otras personas son por teléfono. Escribir cualquier cosa requiere un montón de tiempo, y así se me van los días. El otro día fui al taller de un amigo a ver unos dibujos. Al volver, la tarde ya cayendo, sentí que estaba en una ciudad que no conocía. Y no es que siguiera una ruta distinta de la habitual, iba en un 78, el colectivo que más uso. Quizá estaba viendo lo ya visto como si fuera nuevo precisamente porque hacía tiempo que no salía, o que si salía iba leyendo y no mirando por la ventana.
Me interesan estas pequeñas dislocaciones sin importancia. Meros detalles, recordatorios de que la diferencia entre lo esperado y lo inesperado puede ser milimétrica, sin drama ni comedia, sólo un cambio sutil en la manera en la que uno ve las cosas. A lo mejor uno ni siquiera se da cuenta del cambio, o lo atribuye a la luz del atardecer, a la lluvia, a que va parado y no sentado (o al revés) en el colectivo, factores externos cuando en realidad el cambio ha ocurrido en uno.
3
Una de las grandes consignas de las vanguardias de hace un siglo era que había que hacer que la cosa pareciera nueva. “Make it new”, que decían los imaginistas con Ezra Pound. Picasso y Braque, reinventando la pintura europea con el cubismo, pintan principalmente naturalezas muertas, lo más normal y habitual, lo que todo el mundo podía entender. Y es que se trataba de cambiar la manera de mirar. Gertrude Stein toma las palabras como objetos sonoros y visuales con la idea de separarlas de sus sentidos acumulados, fueran emocionales o intelectuales.
Ha pasado ya un siglo desde esos experimentos, pero creo que la consigna sigue siendo válida. Los artistas sonoros que conozco hablan mucho de la escucha, de prestar atención, de acercarse al mundo por el oído en lugar, por ejemplo, de la vista. Eso viene, en gran medida de John Cage, que tomó muchas de esas ideas de sus lecturas de Stein. Ahora, sin embargo, cuando la tradición no tiene ni un atisbo del peso que aún tenía a principios del siglo XX, este tipo de ideas ya no implica grandes cambios hacia lo incomprensible. Ahora estamos ya acostumbrados al cambio, a lo nuevo, y la búsqueda de la novedad nos parece una antigualla del pensamiento. Ahora los cambios son sutiles. No cambia la melodía ni el ritmo, pero hay un ligero apenas perceptible cambio en el tono. Algo así.
3
La gente necesita vacaciones, un cambio de aires, de ritmo, de rutina y de exigencia. La gente no necesita el arte, con sus cambios y novedades, porque tiene el turismo, que se vive más cuerpo a cuerpo. Un cambio de realidad tiene más efecto que un cambio de punto de vista. Además, el cambio de realidad siempre tiene salida: uno puede volver a la seguridad de lo mismo de siempre, a sus cosas y a su gente, con el valor añadido de que tiene algo que contar.
El cambio de punto de vista es más peligroso porque lo puede sacar a uno de sus casillas, de la normalidad y hasta de su grupo social. A nadie le gusta que su amigo vuelva con otras ideas, o interpretando las cosas de otra manera. Yo, que soy un pesimista, he encontrado que por mucho que uno abandone su normalidad siempre caerá en otra. Si no es esta rutina es ésta de aquí a lado, y el pensamiento será otro pero no dejará de ser rutinario. A menudo el cambio de punto de vista dura poco: uno vuelve a lo mismo de siempre y pronto de olvida de lo que se había prometido en las vacaciones.
4
En la Biblioteca Popular Ambulante, trato de plasmar precisamente eso. Encuentro un papel o un objeto en la calle. Lo pego en uno de los libros. No cambio el objeto, no le hago nada. Sólo lo traslado de una normalidad a otra, de la calle al libro. Ahora el objeto queda diferenciado de la masa de estímulos que hay por la calle, y uno lo puede tomar como algo singular: puede verlo de nuevo. Pero fíjense cómo digo que lo traslado de una normalidad a otra. Si hay algo artístico o poético en esto, será el acto de trasladar, no que el objeto sea nuevo en su nueva normalidad. No lo es, es el mismo objeto usado, gastado, descartado por otros.
El hecho de que haya dos normalidades, esa de la que viene el objeto y aquella a la que va a parar, es lo que hace de la BiPA algo popular. El traslado es la vacación del objeto, algo que todo el mundo puede entender. El emigrante no cambia sus valores por el hecho de haber emigrado. Es muy probable que se afiance en ellos como defensa de su identidad anterior ante una realidad distinta, posiblemente hostil. Yo, que he emigrado unas cuantas veces, que ya nací emigrado, siento que la navidad es en invierno, o debería serlo.
En los poemas trato de incluir imágenes quizá más abstractas en medio de situaciones que se podrían considerar normales. Normales o fácilmente reconocibles, expresadas con palabras de uso común. La operación sigue siendo el traslado de una normalidad a otra, excepto que ocurre en el espacio reducido del poema. Y no estoy haciendo nada nuevo, sólo quiero recrear el efecto de las vacaciones pero en miniatura, en el laboratorio del lenguaje, por decirlo de alguna manera.
5
El otro día vi un corto en Youtube en el que Pep Guardiola hablaba con sus jugadores en el vestuario del Manchester City. Les preguntaba si les parecía normal no dejarlo todo en el campo de juego. A él no se lo parecía. De repente me di cuenta de que Guardiola estaba hablando en inglés, pero pensando en catalán. Los catalanes son grandes amantes de la normalidad. Guardiola decía “normal” pero sospecho que quería decir “válido”, “legítimo”, “lícito”. Dudo mucho que la normalidad tenga algún valor para un montón de veinteañeros con guita recién conquistada.
Ahí hay una dislocación interesante. El traslado de los valores de una cultura a otra. No sé si habrán tenido efecto sus palabras, si los jugadores habrán sabido traducir la cultura de Pep a la suya, no sé si el Manchester City ganó ese partido. Después pensé: yo puedo entender la cultura de la que viene Guardiola porque yo también vengo de ahí, y puedo entender algo de la cultura en la que está ahora, la anglosajona más o menos internacionalizada, porque viví en ella muchos años. Pero ese entendimiento proviene de mis traslados, mis migraciones de un país a otro.
6
Siempre fui mal turista. Creo que soy impaciente con otras normalidades. O demasiado amante de la mía. Sin embargo, si me mudo a vivir a otra ciudad o a otro país, sé que tengo que suspender mi impaciencia, o por lo menos posponerla hasta que entienda la nueva normalidad. Me gusta caminar por las calles de esta ciudad, pero no tanto por las de otras. Por “esta ciudad” me refiero a la ciudad en la que vivo. También me gusta caminar por calles de ciudades en las que he vivido, y casi siempre termino diciéndome que no podría volver a vivir ahí, todo ha cambiado, ya no es la ciudad en la que viví.
Sebald, en alguno de sus libros, dice que cuando está en ciudades del extranjero y tiene hambre, le ocurre que pasa por delante de cafés y casas de comida, y le pasa que no puede entrar en ninguno. Conozco perfectamente esa sensación de completa extranjería, la he vivido muchas veces. La frustración de que la normalidad actual no encaje con la mía.
Nada de esto significa que no esté dispuesto a probar cosas nuevas o visitar otros lugares. Sólo que la mayor parte del tiempo no tengo ganas. Sé usar los palitos para comer, pero prefiero utilizar tenedor y cuchillo. El tenedor, aunque bastante antiguo, no se convirtió en un utensilio de uso común en Europa hasta el siglo XVII, y en algunas regiones hasta el XVIII. Ya se usaba en Bizancio, pero fue en Italia donde se estableció como algo normal gracias a que iba mejor que las manos o el cuchillo para comer pasta.
7
Me molesta cuando viene alguien de afuera y se queja de las costumbres de aquí. O compara, positiva o negativamente (da igual) lo de aquí con lo de allá. Me molesta porque entiendo su punto de vista, y me doy cuenta de la artificialidad de lo normal, o sea de mi punto de vista. También me doy cuenta de que no importa si cambiamos la palabra normalidad por la para artificio. ¿Qué hacemos? ¿Nos trasladamos de un artificio a otro? ¿Decir artificio lo hace más fácil, o más interesante? ¿O sólo es bueno si el segundo artificio me mejora la calidad de vida? ¿O el cambio sólo es bueno si me afirma en algo que ya sabía de antes?
En Estados Unidos no se empezó a normalizar el café express hasta los años 80/90 del siglo pasado, y fue gracias a la cadena Starbucks. Luego fueron los gringos los que se convirtieron en esnobs del café y exportaron ese esnobismo a otras partes del mundo, donde se normalizó también. Siento un gran orgullo de decir que nunca, en mis largos años, y en ningún país, he entrado en un Starbucks. Soy un esnob anti esnob. Y no me gusta que le pongan chingaderas de ninguna clase a mi café. Al de otros, bueno, eso es cosa de ellos.
NOTICIAS
Los poemas están en Paseante Extranjero. Hay uno nuevo, echen un vistazo.
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Leí el niusleter a la mañana y devine en varios hilos de pensamientos, ahora que los pensamientos viajaron un rato, es dificil volver a lo concreto.
Pensaba en el turismo y su trofeo de regreso, ese objeto que recuerda que estuviste en algún lugar y a veces se trae el recuerdo para personas que ni siquiera estuvieron ahí, el regalo de viaje. Tengo recuerdos de heladeras llenas de estos objetos y livings donde funcionan como decorado. También las obras de arte viajan a exposiciones en museos u otras instituciones, y su curriculum también se va cargando de viajes, más trayectoria y reconocimiento, más se valida para el circuito del arte contemporáneo. En una viaja la persona y trae objetos, algunas fotos e historias dignas de escuchar sobre como es la cosa en otros lugares, cuanto más excentrico mejor, en otra viaja el objeto artístico y se vuelve más o menos impregnado de reconocimiento, se posiciona.
Normalidad, artificio. ¿ficción? verosímiles, y cuando hay muchos elementos contrarios nos vamos acomodando en otras.
Esta semana me desperté con una epifanía y me compré Materialismo ensoñado, de Rozitchner (disponible online en Lobo Suelto), buscando un respuesta a una pregunta que hace varias niüsleters le vengo dando vueltas y creo que hoy me habilitaste a enunciarla, al menos la primera parte de la pregunta. Lo que llamás dislocación a mí me gusta decirle "extrañamiento", por ejemplo, ver algo y no ver su significado: ver una taza y no ver una taza, ver un servilletero y no ver un servilletero y así. Creo que es como quitarle el significado a la materia para encontrar, en palabras de Rozitchner, el afecto en la Cosa. También vengo leyendo textos sobre arte y pensaba, ¿será posible hacer esto con las palabras? ¿o están sometidas inevitablemente a sus signos y significados? ¿la literatura es materialista? O mejor, ¿puede haber literatura sobre arte que sea materialista?
Recién escribí la pregunta y ya me estoy bajando del barco. Pero igual zarpemos, a ver si llegamos a algún lado.