Querido diario
Niusléter #304
Todas las mañanas hago dos cosas: me tomo las cuatro pastillas que ahora son obligatorias y escribo en el cuaderno que llamo Diario. Se me ocurrió que a alguien le podría interesar alguna de esas notas. Vamos allá.
1
Hoy tengo que ir al hospital a que alguien de cardiología me llene un formulario que tengo que entregar para que me den turno para una resonancia magnética. La mujer de la ventanilla de los turnos me explicó que hay que ir un miércoles a las 7 de la mañana, ponerse a la cola y tener suerte, ya que sólo dan tres turnos por semana—es un estudio caro. El lunes pasé por cardiología y me dijeron que el formulario me lo tiene que llenar la doctora que me atendió y firmó la orden para la resonancia. Ella está en ese consultorio los lunes, jueves y viernes de 13:30 en adelante. Eran las 10 y media el lunes cuando me dijeron esto, y tenía cosas que hacer y no quise quedarme esperando tres horas.
En los hospitales públicos te puede atender cualquier médico, según la especialidad. No importa quien te atienda porque toda tu información está en la historia clínica en la computadora. Pero cuando necesitas que te ayuden con la burocracia, entonces te tiene que atender el médico que ya te atendió. Claramente el papeleo es más importante que el paciente: pacientes sobran.
En cuanto a las resonancias, dan pocos turnos debido a la carestía del procedimiento. Sospecho que la única razón por la que tienen el tipo de máquinas que hacen falta para esto es evitar que se les acuse de tercermundismo. Todo es un poco cutre y supongo que está al borde del colapso.
2
El martes, hablando con Gustavo en el IF, le comenté que mi ensayo sobre Giotto está parado porque no encuentro el tono. El ensayo se basa en una conferencia que di hace tiempo titulada “Giotto, el primer pintor peronista”. Yo decía que la razón por la que me falla el tono, o no lo encuentro, es porque no sé a quién me estoy dirigiendo. Gustavo alegó que no importa el público, que uno escribe lo que tiene que decir, salga como salga, y ya está. No niego que tenga razón, y aún así la cosa me está costando.
Según Gustavo, el tono debe ser el habitual de las niusléters, con esa especie de humor que a lo mejor no es humor y a lo mejor sí. Siempre he tenido como ideal esa ambigüedad en el tono—que no se sepa si hablo en serio o en broma. Creo que permite decir más cosas, o abarcar más terreno. La alta seriedad tiene su lugar en el discurso, y para algunos temas puede ser esencial. Lo abiertamente humorístico, a menudo destructivo, también tiene su lugar. Mi posición ambigua tiene la ventaja de poder acceder a esos dos modos al mismo tiempo. (Por ejemplo, Giotto suena a choto, y eso de alguna manera tiene que entrar en el ensayo.)
No poder imaginar un lector para ese ensayo atenta contra mi noción de realismo, que tiene que ver con lo que se puede decir y cómo en cada momento, y con explorar los límites de eso que se puede decir.
3
Llamaron a la puerta con mucha violencia. Pensé que algo le habría pasado a algún vecino. Pero no. Era el cartonero al que le pago por traerme fotos que encuentre por la calle. Hay un lado de la Biblioteca Popular Ambulante que está obsesionado con la fotografía popular, no tanto la que ahora aparece en las redes, sino la que todavía se copiaba en papel. Mucha gente tira cajas llenas de fotos a la basura. Yo le pago al cartonero bastante más de lo que le puedan dar por peso por el papel de las fotos.
Tengo la sensación de que puedo hacer una especie de retrato epistemológico-social a base de fotos encontradas reunidas en libros de la BiPA. En esta ocasión me trajo dos paquetes de fotos. Uno contiene dos álbumes con fotos de una boda judía; el otro son fotos de una mujer que por momentos me hizo pensar que era trans—más por las poses que por su aspecto. ¿Qué haré con este material? Ni idea. Tendré que pasarme el verano clasificando las fotos que he ido acumulando más o menos sin pensar—ver que ideas surgen de las fotos mismas. Las clasificaciones darán títulos, los títulos darán libros y estos darán toda una nueva sección (fotográfica) de la BiPA. El título establece una serie de posibilidades de lectura mientras que excluye otras. ¿No es ése el trabajo del poeta? El título también puede abrir posibilidades, mantener la duda, la ambigüedad del contenido, dejarlo que flote en el aire del sentido que todos respiramos.
4
Mallarmé opinaba que nombrar es destruir. Para él, nombrar una cosa es fijarla, lo que mata mucho de lo que vive en ella. Es una destrucción de la posibilidad, le roba riqueza al mundo. El nombre sustituye a la cosa específica y la aplana, generalizándola. El poema, en lugar de nombrar, debe mantener un vacío y una ambigüedad.
¿No fue Adán el primero en nombrar las cosas, las plantas y los animales del Paraíso Terrenal? Según Mallarmé, sería el primer destructor. Todavía nos estamos quejando de cómo los europeos han ido nombrando el mundo y lo que hay en él por lo menos desde la Edad Media, quizá desde la Antigüedad clásica. Antes, la gente se hacía guantes, zapatos, bolsos y chaquetas con piel de carpincho, pero desde que nos dio por llamarlo capibara, un nombre menos local, importado, va quedando mal vista la indumentaria de carpincho. A lo mejor conviene más hacerlo todo de algún tipo de plástico. En mi juventud, tuve un libro de cocina en el que venía una receta para un estofado de ardilla—pertenecía a una época y una cultura en que la gente salía con sus rifles calibre .22 a cazar ardillas. No sé dónde leí que en Harvard habían retirado de la biblioteca un libro encuadernado en piel humana. Los nombres como registro de las sensibilidades de una época.
5
El otro día dije que yo hago libros con basura. Alguien objetó diciendo que no era basura sino residuos. Nop. Es basura. Para mí es esencial que no se piense como algo que sobra, algo restante, sino como algo que se descarta por la razón que sea—porque sobra, porque no se quiere, porque molesta, porque estorba. Y porque encaja mejor cuando digo que soy un organizador de lo que más y mejor producimos como cultura, que es basura. Comida basura, cultura basura, incluso en las finanzas existen los bonos basura (junk bonds), que tienen su propia utilidad. One man’s trash is another man’s treasure. La idea es, sin limpiar ni retocar ni cambiar la basura, producir un objeto poético que apunte a las sensibilidades de la época. Una forma de hacerlo es clasificando y nombrando, que para muchos en la actualidad es en sí mismo un método basura—por científico y occidental.
6
Me compré los Cantos completos de Ezra Pound, publicado por New Directions. Tarda como un mes en llegar, y no es barato. Me compré la edición con tapas de cartulina y no la de tapas duras, que es la que yo tenía, simplemente por el precio. Esa costaba un 50% más. Leyendo para el ensayo sobre Giotto, volví a Dante, y leyendo sobre Dante salí en dos direcciones. Una pasa por Auerbach y sus descripciones del realismo en cada época literaria, y luego Pasolini, que estaba buscando un lenguaje realista tanto para su poesía como su cine; la otra pasa por Eliot y Pound, sobre todo Pound y cómo en los Cantos intenta una recopilación de la cultura y la literatura a través de la historia.
Esa recopilación es poética, y muchas veces, críptica. Como que no quiere terminar de nombrar la cosa, y ahí está la influencia de Mallarmé y, a fin de cuentas, del simbolismo. En este sentido me está dando por pensar los libros de la Biblioteca Popular Ambulante como Cantos, la biblioteca entera como una especie de recopilación poundiana del presente (en Buenos Aires), o ya exagerando un montón, como la posibilidad que veo yo, aquí y ahora, de reproducir la Divina Comedia.
7
Estos son fragmentos de mi diario, más o menos en orden cronológico. Por épocas, el diario es un tacho de basura, donde suelto todo lo que me sobra, molesta, estorba. A veces, es el lugar donde apunto lo que estoy pensando en términos de trabajo, del trabajo del poeta. Si alguien llegara a leer esos diarios, creo que encontraría la crónica de mis desilusiones. Quizá mi mayor desilusión, con el mundo y con la vida, haya sido, siga siendo, la de haber salido poeta—en lugar de científico o ingeniero o mecánico. No se me ocurre nada mejor que vivir en el universo newtoniano de los mecánicos. En lugar de eso, me ha tocado vivir en el ambiente entrópico del lenguaje, ser testigo de cómo las palabras se van convirtiendo en basura, van perdiendo sentido, van cayendo en desuso. En este sentido soy tan pesimista como Pound. La ventaja de volver a Dante, en estos últimos meses, está siendo que el optimismo lingüístico de Dante me sirve de contrapeso para el pesimismo que me caracteriza. A lo mejor puedo encontrar un punto intermedio, ambiguo. Puede que para eso esté el humor, y ese tono ideal que busco siempre.
NOTICIAS
Los poemas están en Paseante Extranjero.
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Se admiten preguntas, dudas, objeciones y comentarios—que para eso está la sección de comentarios. Con eso también me echan una mano.


Leyendo, pensaba que la basura también puede pensarse como una inversión histórica de lo legible. Hubo épocas y culturas en las que la ambigüedad no era un problema a resolver, sino un dato a conceptualizar.
Por ejemplo, en el mundo islámico clásico, donde existieron figuras como los "mukhannathun", que daban lugar a formas no estrictamente binarias de pensar el cuerpo y la identidad. No se trataba de categorías modernas, pero sí de una pluralidad conceptual que encontraba nombre, discusión y lugar.
En la Europa cristiana medieval, en cambio, predominaba una ontología mucho más ortodoxa y binaria. Hoy, sin embargo, pareciera que los roles se invirtieron: esas conceptualizaciones del islam aparecen como basura o atraso, mientras que occidente se presenta a sí mismo como el espacio natural de la pluralidad. Y bueno, incluso dentro del propio islam ciertos procesos de radicalización terminaron por descartar como basura esas formas.
Más que un progreso lineal, lo que veo ahí es algo cercano a lo que describís: un cambio producido por un régimen de sensibilidades que decide qué se archiva, qué se nombra y qué se descarta como basura.
Nada, me pareció piola.
Terminé de leer por primera vez El guardián entre el centeno, en una edición de bolsillo con una traducción españolísima, de España y pero también de México, que creo son más españoles que los porteños. El tono de todo el libro era muy cómico, pero parecía que debido a la traducción era más gracioso de lo que debía ser originalmente. Durante toda la lectura no podía evitar escuchar la voz de Roger, como si el humor estuviera pegado a la cadencia de sus acentos.